Martha Bénard Calva y Javier Pérez Siller

La mañana del 23 de septiembre de 1910 en la ciudad de México era clara. Culminaba la tercera de las cuatro semanas que habían de durar los festejos del Centenario de la Independencia. Ese viernes, antes del mediodía, se pondría la primera piedra del majestuoso palacio del poder legislativo, obra cumbre del régimen de Porfirio Díaz. Por la noche todo el mundo asistiría al gran baile que ofrecía el presidente en Palacio Nacional. Desde la Sala de Embajadores los invitados podrían admirar la colosal estructura del Palacio Legislativo, iluminada para la ocasión, e inaugurar la nueva traza de los supremos poderes de la República.
La noche anterior, en Mixcoac, el arquitecto francés Émile Bénard, de 66 años de edad, había soñado que entraba en un templo dedicado a Isis, quien le había revelado el misterio de la resurrección: “todo está bajo el dominio de Cronos —le dijo—, nadie esquiva su insaciable apetito, sólo escapa la conciencia que renace en las obras de los mortales y que ilumina su caminar”. Vio entonces una luz que lo llamaba desde el fondo de un largo corredor. Al acercarse, encontró una gigantesca sala coronada por una majestuosa bóveda abierta y cuatro deidades que lo elevaban al cielo. Desde ahí pudo observar el espectáculo celeste: vio a Zeus —dios justiciero— y a Mercurio —mensajero de los dioses— acercarse al sol, y atrás, en el horizonte, a un centauro que portaba un arco y flechas. Del otro lado, la luna, fina como un gajo.
El sueño duró apenas unos segundos, pero fue tan real que Émile quedó extasiado al recordarlo y parecía llenarse de una paz profunda y reconfortante. Y es que ese día se materializaría uno de sus anhelos más acariciados, al que había dedicado ocho años de esfuerzo. Metódico y previsor, meses antes había estudiado los pormenores de la ceremonia: el lugar donde ubicaría a los numerosos invitados, el programa, la música, hasta había buscado el bloque de piedra que se convertiría en la primera pieza del edificio. Con su colaborador más cercano, el ingeniero Maxime Roisin, había elaborado cinco borradores de planos para lograr el mejor acomodo de los asistentes, facilitar su llegada y la circulación de los vehículos, y había diseñado una decoración sobria, elegante y artística, digna de aquel acontecimiento.
Desde 1904 el arquitecto Bénard había comenzado la construcción del Palacio Legislativo como director general de obras. A pesar de los problemas del suelo, había logrado levantar la gigantesca estructura de la fachada y cimentar parte de la cúpula. En lo que sería el vestíbulo había dispuesto un amplio salón para la ceremonia. La parte posterior fue cubierta con una felpa roja abullonada. En el frente lucían festones de encino cargados de flores que enmarcaban el gigantesco telón. Del frontón caían largas banderas. En el entablamento se habían colocado tres coronas de guirnaldas; dos tenían inscritas las fechas del comienzo de la lucha por la Independencia, 1810, y la de su primer centenario, 1910. Un águila de más de cinco metros de diámetro estaba ubicada como fondo en el centro del palco de honor, reservado para el presidente. Las seis columnas tenían en su parte baja un escudo romano coronado por banderas de países amigos.
Pero Bénard no estaba satisfecho. Quería algo más original. Y convenció a Roisin de incluir en los extremos de la fachada un elemento alusivo al trabajo con el cual rendir homenaje a los cientos de hombres que participaban en la construcción y a los que habían muerto en ella. Aunque era algo insólito en ese tipo de ceremonias, por lo general pomposas, utilizó ocho palas, siete picos y dos carretillas, las desplegó en forma de abanico alrededor de una corona en cuyo centro tenía entrelazadas las siglas RM, monograma de la República mexicana. Resultó una composición original, bella y controvertida: los extranjeros la celebraron mucho, mientras que algunos “hombres prominentes del régimen” la consideraron poco elegante. Uno de estos adornos quedaría justo encima de donde se pondría la primera piedra.
Acompañado de su gabinete, el presidente llegó a las 11 de la mañana. Fue recibido con el Himno Nacional y saludado por los enviados especiales, jefes de las delegaciones y embajadores de los países representados en México, así como por los altos funcionarios del gobierno, miembros del Senado y de la Cámara de Diputados. Tras acomodarse, desde la tribuna, el diputado José F. Aspe, con ademán solemne y elegante, pronunció un discurso monótono pero inteligente, en el que aludió al Congreso de Chilpancingo, con el cual José María Morelos y algunos jefes insurgentes habían proclamado la primera Constitución. Aspe afirmaba que la República encarnaría esos principios: “Sus leyes han pasado a nuestras leyes, moderadas unas, tangibles otras, respetadas otras. Y de aquel montón de piedras, restos de su primer asilo, la República recoge una para colocarla hoy como la primera del que será el seguro y soberano templo de la legislación mexicana”.1
A finales de 1910 la realidad no sólo era más compleja, sino explosiva. Para los insurgentes, la lucha por la libertad, la igualdad y la soberanía popular implicaba construir un país donde imperara la ley, lo mismo que para los fundadores del Partido Liberal Mexicano, que en 1901 proclamaron que la Constitución había muerto porque no se cumplía. Los maderistas, que veían a su líder prisionero en la penitenciaría de San Luis Potosí por defender sus derechos políticos, querían un país de leyes y derechos, que curiosamente era lo que todos celebraban en esa ceremonia de la colocación de la primera piedra del Palacio Legislativo, sin asumir que las prácticas políticas y los privilegios sociales atribuían distintos sentidos a ese propósito.
Aquella ceremonia representaba una vía de acceso a un modelo de modernidad instalado en América por distintas vías. Por sus raíces católicas y latinas, las elites mexicanas e hispanoamericanas acompañaron la construcción de sus naciones con el ropaje del afrancesamiento.2 Los intentos por establecer en México una forma de gobierno tanto monárquica como republicana se habían inspirado en la experiencia de la modernidad francesa, aunque otros miraban hacia el pasado novohispano. En 1903 Justo Sierra había escrito que “el espíritu de la cultura francesa es el ropaje del alma que los países latinos han adoptado desde hace dos siglos”.
La historia del Palacio Legislativo Federal, diseñado y construido por un representante del más puro clasicismo de la École des Beaux-Arts de París, y su posterior transformación en monumento a la Revolución, es un doble homenaje a ese modelo de modernidad.
Las formas de gobernar habían cambiado, las utopías eran diferentes: los insurgentes habían luchado por la Independencia y por construir la nación; los porfiristas buscaban alcanzar el orden, la paz y el progreso, y los revolucionarios militaban por la justicia económica y social; pero todos encontraban su fundamento en los principios abrazados por los padres de la patria. Por ello, este libro, además de rescatar la obra de un artista constructor, conmemora los fundamentos esenciales de la Independencia y la Revolución y busca alimentar una reflexión sobre los valores, principios y virtudes en los que descansa ese modelo de modernidad aún vigente.
Este texto es la Introducción del libro El sueño inconcluso de Émile Bénard y su Palacio Legislativo, hoy monumento a la Revolución.
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By Janesa on 2011 10 04