Miguel León-Portilla
Entre los mexicas la muerte era una preocupación constante a la que los sabios, tlamatinime, supieron poner palabras. Este memorial, tejido con los cantos de los antiguos nahuas, nos invita a descubrir su geografía, sus rituales y sus fiestas relacionadas con la muerte. Y nos permite comprender que, desde siempre, el temor ante la incertidumbre ha sido fuente de la palabra poética y de la filosofía.

En todo tiempo y lugar hay testimonios que dejan ver la existencia de una preocupación profundamente humana: la certeza de la muerte y la incertidumbre respecto de lo que a ella sigue. ¿Hay un aniquilamiento o un tránsito hacia un más allá desconocido? En el rico legado literario de la antigua tradición conservada en náhuatl hay no pocas expresiones que dan vida a un memorial en el que se refleja una preocupación de los sabios, tlamatinime. De ello es una muestra este poema, incluido en los Cantares mexicanos:
“Muy cierto es: de verdad nos vamos, / de verdad nos vamos. / Dejamos las flores y los cantos y la tierra. / ¡Es verdad que nos vamos, es verdad que nos vamos! / ¿A dónde vamos, a dónde vamos? / ¿Estamos allá muertos, o vivimos aún? / ¿Otra vez viene allí el existir? / ¿Otra vez el gozar del Dador de la vida?”
Atormenta al hombre la duda sobre lo que puede traer consigo la muerte. Entre otras varias expresiones, en este manuscrito se plantean disyuntivas sobre cuál puede ser el destino en el más allá: “¿A dónde iré? / ¿A dónde iré? / El camino de Ometéotl, el dios de la dualidad. / ¿Acaso es tu casa en el lugar / de los descarnados?, / ¿o en el interior del cielo?, / ¿o solamente aquí en la tierra / es el sitio de los descarnados?”
Para los nahuas la preocupación en torno a la muerte abarcaba mucho más que lo concerniente a la existencia personal. En términos de su visión del mundo y su pensamiento cíclico, su angustia comprendía la realidad entera del universo. Son numerosos los testimonios que se conservan —en esculturas con inscripciones, en códices y en textos en náhuatl— que registran la idea de acabamientos del mundo, acompañados de periodos de oscuridad.
La conocida como Piedra del Sol y otras esculturas registran las varias edades cósmicas, los Soles que han existido y han terminado en forma violenta. Y se presenta también en ellas el signo calendárico de la edad presente, el nahui ollin, cuatro movimiento.
Del origen de esta edad cósmica hablan varios textos. Se dice que la restauración del sol implicó la muerte y el sacrificio de los dioses en Teotihuacan. Literalmente se expresa: “ipamapa in teteo topan otlamacehuaque, timacehualtin”, “porque los dioses por nosotros hicieron merecimiento y se sacrificaron, nosotros somos los merecidos”. Consecuencia de esto es que los humanos deben corresponder transmitiendo al sol la energía de la sangre. En ese primordial acontecer de la restauración del sol y la vida se halla la raíz de la práctica de los sacrificios humanos.
Ahora bien, los textos en náhuatl y las imágenes de algunos códices dejan ver lo que puede ocurrir si el sol desfallece y no se enciende el fuego sagrado que es prenuncio de vida. Como lo muestra el Códice Borbónico, cada 52 años, cuando debía renovarse el fuego sagrado, todos, anhelantes, estaban atentos a lo que pueda ocurrir. De hecho tenían la certeza de que un día, con temblores de tierra y la entrada de espesas tinieblas, el mundo habría de acabar, y entonces, citando la antigua palabra de los Anales de Cuauhtitlán, “tipolihuizqui”, “todos pereceremos”.
Sin embargo, en la mentalidad nahua afloró la idea de que a la muerte podía seguir un renacer. Otro poema, también recopilado en Cantares mexicanos, lo insinúa: “De verdad no es lugar del bien / aquí en la tierra. / De verdad hay que ir a otra parte / ¿o es que sólo en vano vinimos a la tierra?”
También el mítico relato acerca de la huida del héroe cultural Ce-Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, 1-Caña, Nuestro Príncipe Quetzalcóatl, según una reciente interpretación de Patrick Johansson —en “La mort de Quetzalcóatl: un modèle exemplaire pour les obsèques des seigneurs mexicains”— deja ver una idea afín. Quetzalcóatl, al sucumbir a las acechanzas de deidades adversas, tiene que abandonar la metrópoli y la grandeza cultural que son creaciones suyas. De ello, en otro antiguo canto en náhuatl dice que abandonó Tula y dejó a su pueblo sumido en la aflicción. Entre otras cosas, expresa: “Ahora nuestro Príncipe es llorado. / Con música de caracoles / marcha él a su acabamiento, / va más allá, a Tlapallan, / la Tierra del Color Rojo”. En el canto se nombran luego los lugares por los que pasó Quetzalcóatl rumbo a la orilla del mar. “Hallándose ya allí —según el texto que recogió en náhuatl fray Bernardino de Sahagún— se detuvo y construyó una casa dentro de la tierra, en el Mictlan, la Región de los Muertos. Y aunque se piensa que allí pereció, aparece luego llegando a la orilla del mar, donde hace una balsa de serpientes que lo llevó a Tlapallan, la Tierra del Color Rojo. Su fin, que ocurrió allí, fue a la vez principio de otra existencia. Tras encender una hoguera y rodeado de aves preciosas, Quetzalcóatl se arrojó al fuego. Su corazón ascendió entonces al cielo, donde se convirtió en la Huey Citlalin, la Estrella Grande, la estrella de la mañana. Para siempre superó la muerte, pues fue ya un astro que, como el sol, gobierna al tiempo y es vida en sí mismo”.
Justamente en los rituales mortuorios de los grandes gobernantes, se evocaba la huida de Quetzalcóatl. El gobernante dejaba su ciudad y su pueblo y marchaba hacia Tlapallan. Su cuerpo llegaría así a la Región de los Muertos pero, al ser consumido por el fuego, recobraría nueva vida en compañía de los dioses.
A la luz del recuerdo de estas creencias, pueden comprenderse mejor las palabras rituales que se pronunciaban frente al difunto, envuelto ya en sus atavíos mortuorios. Como Quetzalcóatl, debía ser quemado para poder cruzar luego las nueve aguas, hasta encontrarse con el Señor de la Región de los Muertos. Antes de recordar las varias acciones del ritual funerario, citaré las palabras, recopiladas en el Códice Florentino, que un sacerdote dirigía al muerto, ataviado para la cremación: “Hijo mío, has recobrado tu aliento, has padecido, pero el Señor Nuestro se ha apiadado de ti. Porque no está aquí en la tierra nuestra casa en común. Sólo por breve tiempo, por un momento, hemos venido a calentarnos, sólo por obra del Señor Nuestro hemos venido a conocernos. Pero ahora Mictlantecuhtli, el Señor de la Región de los Muertos, el que es Acolnahuácatl y Tzontémoc, así como Mictecacíhuatl, la Señora de la Región de los Muertos, te han presentado, te han ofrecido un asiento, porque en verdad allá es nuestra casa en común, allá donde todos perecemos, allá donde se abre la tierra, donde para siempre se sale de este mundo. Has llegado al lugar del misterio, al lugar de los descarnados, a donde se llega, el lugar que no tiene salida, el que no tiene chimenea. No podrás ya encontrar camino de regreso, no podrás retornar. No podrás ya venir a conocer lo que dejaste atrás, hace cinco, diez días. Porque has dejado abandonados, huérfanos, a tus hijos, a tus nietos. Tampoco vendrás a saber cómo perecerán ellos. Nosotros te alcanzaremos, nos acercaremos a ti, dentro de poco tiempo”.
Creencias, si no idénticas, al menos un tanto afines, han perdurado entre grupos nahuas. Recordemos el caso de los llamados mexicaneros, que viven al sur del estado de Durango. Sus palabras, recogidas a principios del siglo xx por Konrad Theodor Preuss en Nahua-Texte aus San Pedro Jícora in Durango, se dirigen al difunto augurándole un buen destino: “Ah, Dios, madrecita nuestra, / has hecho salir a tu hijo de aquí, del mundo, / mucho requeriste tu aliento de vida / y por eso buscaste tu aliento. / Ten lo que recibirás, tu cordel, / porque ya tú aquí lo has hecho salir, / de aquí para el mundo que está allá, / porque seguramente / has necesitado su aliento de vida. / Ya no le diste licencia / para vivir aquí, tal vez admirando las cosas, / aquí en el mundo, / porque aquí brilla todo lo que es bueno, / aquí bien verdea. / Porque seguramente ha pasado trabajos, / pero, ¿qué podemos hacer? [...] // Nos has dejado pobres, a los hijos de él, / aquí en el mundo. / Nosotros quisiéramos / que nuestra madrecita nos preste su aliento de vida, / porque nosotros no somos dueños de él / pero aquí nosotros nos volvemos, / rogamos a nuestra madrecita / que así está allá / por donde desciende el sol, / que ella misma nos conceda su aliento de vida, / pero nosotros no sabemos. / Pero yo de aquí me vuelvo, / pido su favor, / que tú vayas allá junto a la madrecita nuestra, / que ella así te haya llamado / allá a la gloria, / que allá te haya llamado, / ¿qué puedes hacer? [...]. // Porque ya la madrecita nuestra / cortará nuestros pasos, / pero así, perdóname, / que no me haya acercado allí, / a la palabra de Dios, madrecita nuestra, / sino que aquí me haya sentado / y te haya dado algo de poco valor [...]. // Tú ya padeciste trabajos. / Lo mismo que tú ahora / nosotros mañana, pasado, / lo mismo nos iremos / porque ya la madrecita nuestra / allá nos llama / a donde ella está, / donde hay resplandor, / donde mucho relucen las flores”.
Los destinos después de la muerte
A diferencia de las creencias cristianas, según las cuales el destino final está determinado por las acciones buenas o malas realizadas durante la vida, entre los antiguos nahuas el destino estaba ligado a la forma y tiempo de la muerte del ser humano. Para ellos el comportamiento bueno o malo tenía una compensación inmanente en la tierra. Debemos a las palabras de fray Bernardino de Sahagún y a otros testimonios, entre ellos el incluido en el Códice Vaticano A, la descripción de cuatro posibles destinos después de la muerte.
El primero, que se considera es el que correspondía a la mayoría de la gente, recibía varios nombres. Uno, ya mencionado, es Mictlan, la Región de los Muertos. Se nombraba también Quenomamican, cuya probable traducción es “donde de algún modo se halla uno”. Se le conocía también como Ximoayan, “lugar de los descarnados”. Allá iban los que morían de forma natural en la tierra. El texto en náhuatl del Códice Florentino habla así de ellos: “Van allá al Mictlan los que sólo de enfermedad mueren, sean señores o gente del pueblo [...]. En verdad allá está nuestra casa en común, nuestro lugar de perecer, donde se extiende la tierra y para siempre se va”.
Los muertos que marchan al Mictlan tienen que pasar por lugares difíciles y tenebrosos antes de llegar a su destino. En el antiguo relato se dice que antes de presentarse ante Mictlantecuhtli, Señor de la Región de los Muertos, transcurren cuatro años durante los cuales el difunto tiene que superar varias pruebas. Dirigiéndose al difunto, Sahagún las menciona: “He aquí que saldrás allá donde se cierran los montes. Y he aquí que saldrás al camino que guarda la serpiente. Y he aquí que saldrás a donde se halla el lagarto verde, Xochitonal, el del signo de la flor: Y he aquí que seguirás por las ocho llanuras y saldrás a las ocho colinas. Y he aquí que te encontrarás en el lugar del viento de obsidiana. Dicen que allí mucho se padece, todo es llevado por el viento, obsidianas y piedras arenosas. Y dicen que el que allá iba a salir buscaba a su perro y cuando éste reconocía a su señor luego se metía en el agua para pasarlo. Por eso aquí la gente mucho criaba a los perros. Y dicen que los perros blancos y los negros no pueden pasar a su amo hacia el Mictlan. Refieren que el blanco decía, ‘acabo de bañarme’, y el negro decía ‘acabo de teñirme’. Sólo el de color amarillento podía pasar a la gente. Y cuando llegaban al lado de Mictlantecuhtli le hacían ofrenda los que en la tierra habían sido sus atavíos, lo que es el destino de los muertos. Y de allí pasan a Chicunauhmictlan, el noveno lugar de los muertos,allí del todo perecían”.
Si éste era el destino de los que morían de forma natural, otro era el de aquellos que habían sido elegidos por Tláloc, el dios de la lluvia. Su elección se manifestaba en su muerte en estrecha relación con el agua: los ahogados, los que recibían un rayo, así como los gotosos, los hidrópicos y los bubosos.
Entre los testimonios que reunió Sahagún en el Códice Florentino hay descripciones del Tlalocan. Y verosímilmente también hay una imagen del mismo en un antiguo mural en el palacio de Tepantitla en Teotihuacan (véanse páginas 42-43). El texto en náhuatl habla así del Tlalocan: “En él mucho se alegra la gente, mucho es lo que disfruta. Nunca hay allí sufrimiento nunca se estropean las mazorcas de maíz, las calabazas, la flor de la calabaza, los huauzontles, el chile verde, los tomates, los ejotes y las flores de cempasúchil. Allí viven los tlaloques, que son como sacerdotes ofrendadores [...]. Y dicen que en el Tlalocan siempre hay frescor, siempre brotes verdes, siempre es primavera”.
Del Tlalocan como de un paraíso hablaron también los sacerdotes nahuas que respondieron a los frailes en sus diálogos a propósito de materias religiosas. Es probable que, al oírlos, pensaran justamente esos franciscanos en el paraíso terrenal que se describe en la Biblia.
Un destino relacionado con el Tlalocan correspondía también a los niños pequeños que morían. Ellos iban a colocarse a la sombra del Chichicuahuitl, el árbol nodriza de cuyas ramas brotaba leche. Una imagen de dicho árbol se halla en la página 3v. del Códice Vaticano A (véase página 46). Allí permanecían esos niños durante cuatro años, después de los cuales su teyolía, el aliento vital, era enviado de nuevo a la tierra, al seno de una mujer que habría de ser su madre.
Los guerreros muertos en la lucha o el sacrificio, al igual que las mujeres que perecían en el parto, tenían otro destino muy diferente: convertirse en compañeros del sol. El Códice Florentino nos describe: “Se decía que vivían en un lugar que era como una llanura. Y cuando el Sol salía, aparecía, entonces daban voces, perforaban sus escudos y se golpeaban con ellos. Aquel cuyo escudo estaba perforado por flechas en dos o tres lugares por allí podía ver al sol, pero aquel que no tenía su escudo agujereado, no podía contemplar su rostro”. Y acerca de lo que ocurría a la postre con esos guerreros, el texto continúa diciendo que “cuando han transcurrido cuatro años, los guerreros se convierten en colibríes y en otras aves preciosas que venían a la tierra para libar la miel de las flores”. Convertirse en compañeros del sol era la gloria deseada por muchos. De esto dan testimonio varios cantos y poemas en los que llega a proclamarse que, por encima de todo, el corazón anhelaba la muerte al filo de obsidiana.
En cuanto a las mujeres que morían en el parto, en este mismo códice Sahagún nos legó las palabras que la partera dirigía a la joven que así había perdido la vida. Entre otras cosas le decía: “Y ahora, despierta, levántate, porque ya es de día, ya brilla el alba [...]. Atavíate, marcha al lugar que es bueno y grato, la casa del sol que es tu madre, tu padre. Que tus hermanas mayores, las Cihuapipiltin, nobles mujeres, te lleven hacia él, las que para siempre son felices, contentas, dichosas. Mi pequeña, mi muchachita, mi noble señora, te has fatigado, has padecido, has merecido el lugar del Señor nuestro [...]. Para siempre vivirás serás dichosa, al lado de nuestras señoras, las Cihuapipiltin”. Como los guerreros, ellas se convertían en compañeras del sol. El texto en náhuatl continúa: “cuando el sol ha salido, cuando ha avanzado en su camino, quienes habían muerto en la guerra, los esforzados guerreros, iban acompañándolo, venían dando voces. Y cuando el sol se ha elevado, entonces las mujeres, ataviadas y armadas para la guerra, tomaban sus escudos y divisas. Iban subiendo para encontrarse con el sol al mediodía [...] Las mujeres asistían al sol hasta su ocaso. Iban alegrándolo con cantos de guerra. Y sólo lo dejaban cuando el sol entraba en su casa”.
La creencia de que los guerreros acompañaban al sol desde su salida hasta el cenit, y las mujeres desde éste hasta el ocaso, dejó una huella en la geografía de México. Justamente en el rumbo del poniente hay varios sitios que ostentan como nombres los de Cihuatlán o Cihuatlanejo, que significan lugar de mujeres.
Los rituales funerarios
Quienes creían que los muertos tenían uno de estos destinos, se esforzaban por ayudar a sus difuntos en su marcha al más allá. Las fuentes testimoniales son abundantes acerca de esto. Unas describen la generalidad de estos rituales y otras los que se celebraban en ocasión de la muerte de alguien en particular, preferentemente de un personaje noble o del soberano o huey tlatoani.
Entre quienes describen los rituales mortuorios en algunas de esas ocasiones, sobresalen el cronista mexica Hernando Alvarado Tezozómoc en su Crónica mexicana, el dominico fray Diego Durán en su Historia de las Indias de Nueva España y el franciscano Juan de Torquemada en su Monarquía indiana.
Los rituales mortuorios no referidos a un difunto en particular se describen en otras fuentes, como los testimonios reunidos por Sahagún, los códices como el Magliabecchi, el Vaticano A y el Mendoza, así como en el Manual de ministros de indios de Jacinto de la Serna. Con base en estas fuentes, puede ofrecerse una visión general de lo que eran los principales ritos practicados en las exequias prehispánicas.
Colocado el cadáver en una especie de tarima cubierta con una estera o petate, antes de otra cosa cortaban un mechón de cabello de la parte posterior de la cabeza y lo juntaban con otro que había sido cortado al nacer. La razón de esto, aseguraba Durán, era que creían que “en ellos quedaba la memoria del ánima y el día de su nacimiento y muerte”.
El cadáver luego era bañado y amortajado. En su boca se colocaba un jade o una piedrezuela verde, símbolo de la vida. En el caso de los nobles, era envuelto con ricas mantas y se le presentaban a la vez varias ofrendas. El muerto quedaba plenamente cubierto en forma de un quimilli o envoltorio.
Cuando ya estaba así preparado, se pronunciaban ante él palabras como las que ya han sido citadas. En ellas se recordaba la brevedad de la vida y se deseaba al difunto que alcanzara su destino en el más allá. Concluido tal discurso, se daba lugar a las lamentaciones y, en algunos casos, se danzaba y se daban voces ante él. También se entonaban diversos miccacuicatl, cantos de muerte.
Si el difunto era un noble, se emprendía una solemne procesión con rumbo al lugar donde sería cremado el cadáver. Entre la gente del pueblo, el bulto funerario era simplemente llevado a donde se encendería la pira. Cuando se trataba de personas que, por su género de muerte, se consideraban elegidos de Tláloc, el cadáver era enterrado.
Tratándose de personajes importantes, se sacrificaban esclavos, a los que se llamaba tepantlacaltin o acompañantes del muerto, que debían servirle en el más allá.
Las exequias se prolongaban cuatro días, durante los cuales se hacían ofrendas de comida y bebida. Después de cremar o enterrar el cadáver, sus cenizas o su cuerpo eran enterrados en un hoyo al que se llamaba óztotl, que significa cueva. Se evocaba así el lugar del origen primordial del pueblo que procedía de donde había siete cuevas, Chicomóztoc.
Además de todo lo concerniente a las exequias, se conmemoraba a los difuntos en varios momentos a lo largo del año. Dos celebraciones se hacían en las veintenas de días llamadas Miccailhuitontli y Huey Miccailhuitl, palabras que significan, respectivamente, Fiesta Pequeña y Fiesta Grande de los Muertos. El cronista Juan de Torquemada escribió acerca de ellas: “La conmemoración pequeña de los difuntos porque en ella la hacían de ellos en los templos cantándoles cantares tristes y asistieron a ella con mucha tristeza y los ministros llamados tlamacazque se vestían de mantas negras de ichtli, que son mantas que llaman de nequén y llevaban a ofrecer muchas ofrendas de maíz y chile, calabaza y frijol y otras muchas legumbres en memoria de sus difuntos”.
Tras describir así la forma como se conmemoraba a los difuntos en esa Pequeña Fiesta de los Muertos, Torquemada se refiere a la Huey Miccailhuitl, la Gran Fiesta de los Muertos: “Los tlaxcaltecas y otros la llamaban así porque en este mes solemnizaban la memoria de los difuntos con más grandes clamores y llantos y doblados lutos que la primera y se teñían los cuerpos de color negro y se tiznaban toda la cara. Y así, las ceremonias que se hacían de día y de noche en todos los templos y fuera de ellos eran de mucha tristeza, según que cada uno podía hacer su sentimiento. Y en este mes daban nombre de divinos a sus reyes difuntos y a todas aquellas personas señaladas que habían muerto hazañosamente en las guerras y en poder de sus enemigos y los hacían sus ídolos y los colocaban con sus dioses, diciendo que habían ido al lugar de deleites y partido en compañía de los otros dioses”.
Además de estas dos fiestas, los difuntos eran recordados en algunas otras. En la decimoséptima del año, llamada Títitl —vocablo que significa “estrechamiento”— se hacía memoria a los que habían fallecido de muerte natural o vejez, y en la decimotercera, Tepelhuitl, celebración de los montes, se recordaba a quienes habían muerto escogidos por Tláloc, dios de la lluvia.
Tema recurrente, por no decir obsesivo, era el de la muerte entre los antiguos mexicanos. Legado espiritual de ellos son tal vez las conmemoraciones y frecuentes alusiones que perduran en el México moderno. Es cierto que desde la llegada del cristianismo la muerte ha tenido significados muy distintos. Sin embargo, no por ello han desaparecido, al menos entre un cierto número, las incertidumbres en torno a lo que puede traer consigo el término de la existencia en la tierra. Así para algunos, entre ellos para mí, las palabras de los tlamatinime, sabios prehispánicos, mantienen su sentido, tal y como se menciona en Cantares mexicanos: “¿Se llevan las flores / a la región de la muerte? / ¿Estamos allá muertos / o vivimos aún? / ¿Dónde está el lugar de la luz / pues se oculta el que da vida?”
O estas punzantes palabras, expresión de la duda: “¿En dónde está el camino / que lleva a la Región de la Muerte, / al lugar de nuestro descenso, / a la tierra de los descarnados? // ¿Acaso estamos vivos allí? / ¿Creen esto nuestros corazones? / El Dador de la vida nos esconde / en un cofre, en una petaca, / a todos los hombres él amortaja. // ¿Podré allí ver, / contemplar el rostro / de mi madre, de mi padre? / ¿Me darán acaso sus cantos, / sus palabras, / las que yo busco? / Nos dejaron abandonados en la tristeza”.
Una cierta forma de conclusión se impone. No obstante que los nahuas tuvieron arraigadas creencias y complejos rituales en torno a la muerte, hubo entre ellos algunos sabios, tlamatinime, que dieron entrada a la duda. Frente a la inevitable certeza de la muerte, hicieron suya la incertidumbre respecto del más allá. Se plantearon preguntas que afloran en sus cantos y poemas en relación con el término de la vida y con otros temas, como la posibilidad de decir palabras verdaderas en la tierra. Precisamente por esto me he atrevido a sostener que esos sabios desarrollaron un pensamiento que bien puede llamarse filosofía nahua.
Miguel León-Portilla. Filósofo e historiador. Es consejero de las academias mexicanas de la Lengua, de Ciencias y de la Historia, de la Sociedad Mexicana de Antropología, y miembro de El Colegio Nacional. Merecedor de múltiples distinciones, ha escrito más de una treintena de libros e innumerables artículos.
Este artículo aparece en Artes de México núm. 96 Muerte azteca-mexica.