Artes de México

Senderos de la mirada

Alfonso Alfaro

Al recorrer con asombro la geografía mexicana, los viajeros del siglo XIX nos legaron más que sus cuadros y notas de viaje: nos permitieron representar plásticamente una realidad tan próxima y cotidiana que era apenas perceptible. Para los europeos, este continente paradójico, al mismo tiempo parte cabal de Occidente y radicalmente distinto, fue el depositario de muchas fantasías: espacio liminar donde tantos anhelos de regeneración —desde los que impulsaban a los franciscanos del siglo XVI hasta los sueños de los surrealistas del siglo XX— podrían encontrar suelo propicio.

Sólo la curiosidad activa por los otros: los más ajenos, los más distantes —un interés como el de estos viajeros, tan poco frecuente entre los mexicanos de ahora como los de entonces— es capaz de permitir a los pueblos formarse, de sí mismos y del mundo, una imagen suficientemente rica y compleja para que pueda edificarse sobre ella una verdadera conciencia nacional.
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Si un conjunto de árboles, de montañas, de ríos, de casas, lo que llamamos un paisaje, es bello, no lo es por sí mismo, sino por mí, gracias a mí, a la idea o al sentimiento que tengo en él.
BAUDELAIRE


LA INVENCIÓN DEL PAISAJE MEXICANO

Cómo aprenden su oficio nuestros ojos? ¿De qué manera una realidad se convierte en objeto, es decir, en algo que podemos circunscribir y señalar? En la indeterminada continuidad de la relación entre nuestros sentidos y el mundo irrumpe el lenguaje para enseñarnos a distinguir y a nombrar, y la cultura para enseñarnos a percibir.

Los artistas prehispánicos observaban el universo con ojos muy semejantes a los de los grandes figurativos de nuestro siglo: sus obras no tenían misión de transmitir lo que ellos creían ver sino lo que sabían.

El arte colonial hablaba del cielo y del infierno y también de las aspiraciones al señorío, aunque comenzaba a aportar testimonios acerca de los frutos vegetales y humanos de este suelo a través de la pintura de castas.

Fueron necesarios los ojos extranjeros, fueron necesarios Humboldt y Rugendas y los fotógrafos itinerantes para que los artistas mexicanos descubrieran el paisaje del Anáhuac y aprendieran a ver sus sierras y sus barrancas, sus lagos y sus acequias, la luz de sus desiertos y la nieve de sus cumbres y supieran que era posible dar cuenta plástica del mismo mar que olían y los acariciaba y de los mismos pinos, ahuehuetes y palmeras cuya sombra agradecían.

Antes, ellos se habían acercado a la naturaleza siguiendo los dictámenes de la academia, y habían evocado el campo mexicano con los rasgos de las comarcas de Flandes, del Lacio o de Umbría.

Las experiencias de lo ajeno y de lo insólito obligan a dar cuenta manifiesta del mundo circundante. Aquí, la asimilación de la perplejidad del extraño ante el mundo propio permitió descubrir como objetos susceptibles de ser representados aquellas realidades cuya cercanía y familiaridad las tomaba prácticamente imperceptibles.

La mirada etnográfica había surgido como una aventura occidental iniciada por los pasos de Herodoto, una aventura en la que Sahún y los atónitos exploradores del siglo XVI realizarían insignes proezas.

Los mexicanos fueron descubriendo sus campiñas y su propia fisionomía gracias a los artistas viajeros cuyas percepciones siguieron los senderos visuales abiertos por Humboldt. La aventura de Humboldt, a su vez, fue posible gracias a la mirada anterior de Clavijero, surgida también de una confrontación entre la realidad marginada por los naturalistas europeos y la que recordaban los ojos propios desde el exilio boloñés.

Además, la telas de los viajeros habían sido precedidas por los paisajes verbales de Landívar y Maneiro. La obra de Rugendas fue a su vez una etapa en el camino que habían de recorrer tanto Velasco y Clausell como Eisenstein y Figueroa, y forma también, entre la pintura de castas y los tipos humanos de Orozco y Rivera, un eslabón importante en el descubrimiento que han ido haciendo los mexicanos de su propia imagen corporal y de la fisionomía de su propio pueblo.

En esta exploración acerca de las dimensiones visibles de la realidad, los mexicanos, viajeros poco avezados, han debido seguir habitualmente las huellas de otros pasos más atrevidos. Sólo se han ilustrado en esos osados itinerarios por territorios distantes viajeros como Miguel Covarrubias en Bali, Octavio Paz en la India, Jorge Silva en la antigua Mesopotamia, o Alberto Ruy Sánchez en Marruecos.

La experiencia de lo otro es recurso invaluable para aguzar la mirada y tomarla lúcida y penetrante.

El día en que haya numerosos mexicanos que, siguiendo las huellas de Miguel Covarrubias, Paz, Silva y Ruy Sánchez, puedan transmitirnos una honda experiencia de alteridad —por ejemplo sobre Islandia o Eritrea—, ese día podrá este país comenzar a conocerse a sí mismo de nuestra semejante a aquélla en que las sociedades maduras escrutan sus propios rasgos frente al espejo.

LA RESERVA MORAL DE OCCIDENTE

Para los inmigrantes europeos De Fossey y Sartorius, hombres cultivados y llenos de afecto por su tierra de adopción, México representaba un enigma y un desafío. ¿Por qué es así este país? ¿De dónde surgen sus dolorosos y fascinantes contrastes? ¿Qué es posible hacer para permitirle encontrar su rumbo? ¿Cómo preservar aquí lo que las civilizadas y envejecidas metrópolis han perdido ya? ¿Cómo trazar para Europa y América una ruta común en donde ambas encuentren su destino?

En esas preguntas resuenan otras voces escuchadas largo tiempo atrás en boca de los franciscanos del siglo XVI y de los jesuitas misioneros. ¿Qué hacer para asegurar la salvación eterna de los indígenas e impedir su contaminación por los vicios del viejo mundo enfermo y desgarrado? ¿Cómo convertir a estas regiones en suelo plenamente integrado a la cristiandad pero exento de la podredumbre y la decadencia de una civilización en plena zozobra? ¿Qué pueden los hijos de Jerusalén, de Atenas y de Roma encontrar en estas latitudes para su propia regeneración social y moral?

Un pasado prestigioso aunque abolido confiere a este continente una indiscutible nobleza pero le permite ser considerado como parte natural de Occidente (no existe, como en los orientes islámico o confuciano, una alternativa civilizatoria radicalmente distinta que impregna a la sociedad entera y que puede aletargarse en ocasiones pero resurge de pronto dispuesta al desafío).

Entre la pureza de un primitivismo rousseauniano y la gloria de un pasado ya inocuo, este país ha sido considerado desde la época de los franciscanos joaquinitas del siglo XVI como la reserva moral de Occidente: lindero y margen en donde pueden abrirse todas las brechas que el refinamiento de la civilización va clausurando, laboratorio para los sueños, invernadero para todas las utopías (desde las de Vasco de Quiroga hasta las de Régis Debray, pasando por las de Burroughs y de Breton).

América fue para Europa la verdadera tierra filosofal: una hondura de la cual manaba inextinguible el oro anhelado durante siglos de alquimia. Europa se han habituado a verla como el lugar de donde pueden surgir para Occidente nuevas promesas que den impulso a una cultura que cae de manera cíclica en accesos de desánimo.

De esta tierra distante pero no ajena (no separada por las fallas tectónicas que apartan al mundo occidental de Asia o del Islam), Europa espera siempre recibir nuevas promesas para una civilización que nunca pierde (con una lucidez que la honra y que es uno de sus secretos y más poderosos recursos) la conciencia de su propia fatiga y de sus propios desatinos.

Cada uno de estos inmigrantes formula propuestas cálidas y sinceras, acordes por otra parte herencia nacional.  Según ambos, un asunto crucial es para México la dimensión que ahora llamaríamos geoestratégica (su relación con los Estados Unidos). El francés lo concibe como un problema político y propone una solución de Estado: el cambio de régimen y el apoyo diplomático (basado en una política de alianzas… o de tutela), el alemán percibe sobre todo su dimensión civil y preconiza respuestas sociales y económicas: el fortalecimiento de las clases medias emprendedoras (… con el apoyo de la inmigración centroeuropea).

(Destaca en la obra de Sartorius su entusiasmo por el paterfamilias industrioso y tenaz, un personaje a quien ya hemos encontrado en las páginas de Artes de México y que poblaba tantas fantasías decimonónicas: el hidalgo campirano. Lo menos que podemos decir es que la nación no ha sabido encontrar para él un lugar adecuado.)

Entre los viajeros, los inmigrantes y los fotógrafos, una misma experiencia común: la de las fronteras culturales de una civilización que se expande continuamente pero que se encuentra aquí en el único territorio al mismo tiempo ajeno y cabalmente occidental, una aventura que los surrealistas y los novelistas anglosajones, desde D.H. Lawrence hasta los miembros de la generación beat, vivieron con intensidad en busca de las rutas por las que había de transitar una historia compartida por ellos y nosotros.


EL CARÁCTER NACIONAL

Después del primer asombro (¡qué extraña es esta gente!), el viajero curioso se pregunta inmediatamente ¿por qué? El determinismo geográfico fue durante mucho tiempo una explicación pausible (“los climas cálidos tornan indolentes a los hombres; la naturaleza accidentada y dramática los vuelve ensimismados y abruptos”).

Las preocupaciones teóricas del romanticismo alemán acerca del “espíritu de los pueblos” vinieron a sumarse a esas interpretaciones y, entre todas, dieron origen a la vaga noción de idiosincrasia que, tomando más tarde apoyo de los modelos de la psicología individual, produjo las representaciones comunes acerca del “carácter nacional”.

Tales conceptos se encuentran más extendidos y menos concientemente fundamentados de lo que podría suponerse dado que se trata de asuntos de tanta importancia y respecto de los cuales todo el mundo tiene algo qué decir.

Según esa opinión común, habría ciertos atavismos inmutables, ciertas férreas constantes ante las cuales sólo queda rendirse: el temperamento latino, la flema anglosajona, el peculiar talante del mestizo mexicano…

Gracias a la evolución de las ciencias sociales sabemos ya desde hace largo tiempo que no es legítimo aplicar a entidades colectivas, como los grupos y las sociedades, categorías o instrumentos de análisis cuya pertinencia se limita exclusivamente al terreno de lo individual, y que las principales claves para la comprensión de una sociedad se encuentran tanto en la historia particular de su configuración como en las redes, intrincadas y mudables, que mantienen las personas, los grupos, las instituciones.
Es muy natural que ciertos viajeros, cuyo testimonio se sitúa después de Montesquieu pero antes de Durkheim, puedan estar influenciados por esas visiones de la realidad social propias de su época.

Uno de su legados – y no el más banal –, para el lector de nuestros días es que gracias a ellos puede hacérsenos evidente el arcaísmo de unos marcos conceptuales que se encuentran todavía en circulación .

De la misma manera que el México que ellos describen despierta, por su lejanía, la añoranza de nuestros contemporáneos, así su manera de interpretar la realidad, con todo lo revolucionaria que haya podido ser entonces, resulta ahora cosa del pasado. Aprender a mirar de una manera distinta, hacer lo que ellos hicieron conjugando en una sola percepción el testimonio de los sentidos y los modelos analíticos más finos de la época: tal es el reto que formulan estas obras que nos hablan de nosotros mismos puesto que nos hablan de nuestro pasado. Estos aventureros de la geografía y del espíritu nos transmiten también un valioso testimonio moral: sus obras son los frutos de esa pasión siempre insatisfecha, de esa ávida curiosidad por lo otro que impone una constante violencia sobre los propios ojos obligando a la retina a adaptarse a luminosidades de inusitada vehemencia, forzando al cerebro a aceptar imágenes extrañas para las cuales no había nombre ni lugar, una pasión que nos inclina a permitirnos el reservadísimo privilegio de dejar entrar en el corazón aquellos paisajes y aquellos rostros que sólo los azares de la enrancia deslizan al interior de nuestra propia historia.

ALFONSO ALFARO es doctor en Antropología por la Universidad de París. Escribió Historias de la memoria y el olvido. Ha realizado estudios sobre historia del arte del siglo XVIII. Es autor de Voces de tinta dormida. Itinerarios espirituales de Luis Barragán, que Artes de México publicará próximamente en su nueva colección Libros de la Espiral.

Este artículo aparece en Artes de México núm. 31 El viajero europeo del siglo XIX.