Artes de México

Yo también hablo de la mosca

Rafael Vargas

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Fue Sebastián Salazar Bondy, el gran poeta y ensayista peruano, quien despertó la curiosidad de Augusto Monterroso por la presencia de las moscas en la literatura, allá por 1964, al publicar en la colección Poemas y Ensayos, de la Universidad Nacional Autónoma de México, una antología de poemas en lengua quechua que incluye la siguiente estrofa:

Yo crío una mosca
de alas de oro,
yo crío una mosca
de ojos encendidos.
Vaga en las noches
como una estrella;
hiere mortalmente
con su resplandor rojo,
con sus ojos de fuego…

Monterroso, fino y perspicaz lector de poesía, relacionó este canto indígena con el celebérrimo poema en el que, mirando a una mosca estival, William Blake se pregunta:

¿No soy acaso
como tú, mosca?
Quizá tú seas
como yo, un hombre.
Pues bailo, bebo
y canto, hasta
que mano ciega
mi vuelo rompa.

La ilación de una mosca de los Andes con otra de Inglaterra motivó a Monterroso a recordar algunas más, avistadas en diversas obras literarias, y la relativa abundancia de su enumeración al vuelo lo llevó a proponerse la elaboración de un repertorio de moscas poéticas y prosaicas.
En mayo de 1968, Monterroso entregó una muestra de sus pesquisas en el número 21 de la Revista de Bellas Artes: casi tres docenas de citas de obras de las más distintas latitudes y épocas en que la mosca es mencionada de manera relevante –variados ejemplos que prueban que es uno de los animales que acompañan a hombres y mujeres desde tiempos inmemoriales, así como un ambivalente emblema de vida y muerte, a veces espía enviado por dios, otras, por el diablo.
Desfilan allí –o acaso debería decir, revolotean– moscas de Guillaume Apollinaire, Miguel Ángel Asturias, Henri Barbusse, Charles Baudelaire, Rubén Bonifaz Nuño, Francisco Bulnes, Albert Camus, Cicerón, Odón de Cheriton, Julio Cortázar, Rubén Darío, John Donne, el maestro Eckhart, Samuel Feijoo, J. W. Goethe, Jean Jaurès, Antonio Machado, Marcial, Salvador Novo, Blas Pascal, Marcel Proust, Jules Renard, Rainer Maria Rilke, Arthur Rimbaud, Jaime Sabines, Luciano de Samosata, William Shakespeare, Mario Vargas Llosa, Voltaire, así como otras entresacadas del Chilam Balam, la Biblia y la mitología mixe.
“Yo también hablo de la mosca”, parecería decir cada uno de ellos. Y cada uno lo hace de manera muy diferente al resto, tanto en forma como en perspectiva. Algunos parecen apuntes al paso; otros, observaciones con jiribilla; hay también densas analogías con el hado humano (quién puede resistirse a citar a Shakespeare: “Cual moscas para niños traviesos somos nosotros para los dioses; nos matan para divertirse”).
El texto con que Monterroso presenta esa antología es magistral, y comienza con una aseveración temeraria, dirigida en particular a sus colegas escritores: “Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas”. Si a tres se reducen las cosas en que siempre pensamos los seres humanos –las que nos mueven y nos atormentan– se diría que el amor, la muerte y el tiempo conforman la tercia trascendental. Pero Monterroso sabía de lo que hablaba y, en última instancia, la mosca es sin duda uno de los rostros del tiempo –Tito no se andaría con medias tintas y diría “de la eternidad”.
En todo caso, no hay lector que, después de recorrer esa antología, no se ponga a pensar, como ocurre ante toda antología, qué sobra y qué falta.
Si se piensa, por ejemplo, que Monterroso fue uno de los más asiduos y mejores lectores de Cervantes, sorprende que no haya incluido en esa colección una mosca extraída de las páginas del Quijote, pero también es cierto que la presencia del insecto en el libro más importante de nuestro idioma es más bien menor y circunstancial.
Hoy es comprensible que a la postre el gran Tito haya dejado de lado la idea de una extensa antología de moscas literarias simplemente porque la cantidad de poemas, cuentos, ensayos, novelas y hasta reseñas en que ellas aparecen es innumerable. Son legión. Se cuelan por todas partes. Acaso no haya manera de agotar el tema y, si no se le pone a tiempo un alto a la manía de cazar moscas en cada página que se recorre –“donde uno pone el ojo aparece la mosca”, apunta Tito– es grave el riesgo de quedarse papando moscas durante años y años.
No obstante, de la misma manera que los correctores de tipografía no pueden dejar de cazar erratas ni siquiera cuando leen por placer, una vez que se cayó en la trampa que Monterroso tiende al lector con su antología, es imposible olvidarse del todo del tema de las moscas. Y si uno escribe o tiene veleidades de escritor, pronto se descubrirá ensayando metáforas relativas a las moscas, o tratando de descifrar su caprichoso vuelo, o trazando analogías a partir de su comportamiento (“no tenemos de la mosca la voluntad tenaz”, en el decir inolvidable de Renato Leduc), e incluso atribuyéndoles ideas y parlamentos, como lo hace el español Leopoldo Alas (alguien con ese apellido estaba condenado a escribir sobre seres alados) en “La mosca sabia”, relato en el que un pequeño díptero cuenta en primera persona cómo fue que aprendió, no solamente a hablar, sino también a leer y a escribir –con “patas de mosca”, claro.
¿Cuántos autores más pueden integrarse a la nómina citada líneas arriba?
El propio Monterroso entregaría en 1972 una nueva selección en Movimiento perpetuo. La presenta como una serie de epígrafes dispersos entre los textos más extensos que, se supone, forman la parte sustancial del libro. Pero –tratándose de moscas– a veces consiguen distraer al lector que, por seguir sus evoluciones, se salta las páginas de los cuentos y relatos.
En ella añade los nombres de otros dieciséis escritores: Pablo Neruda, José María Méndez, Aldous Huxley, Isaac Watts, Jonathan Swift, Otto Weininger, Walter de la Mare, James Joyce, T. S. Eliot, Benjamin Péret, Rupert Brooke, William Butler Yeats, Arthur Schopenhauer, los hermanos Grimm y Ludwig Wittgenstein.
Quién sabe si Monterroso haya seguido engrosando su fichero literario-entomológico, por así llamarlo, pero a todos los anteriores se pueden sumar muchos más. Las moscas también han sido pretexto y personaje para Esopo, Knut Hamsun, Robert Graves, André Chastel, José Emilio Pacheco, Eduardo Lizalde, Bruce Chatwin, Myriam Moscona, Ambrose Bierce, César Carrillo Trueba, Blanca Varela, Giorgio Manganelli, Fabio Morábito, Hugo Hiriart, C. K. Williams, André Pieyre de Mandiargues, Enrique Molina, Nicanor Parra, René Daumal, Ted Hughes, Charles Simic, Witold Gombrowicz, Marguerite Duras, Galway Kinnell, Manuel do Nascimento Vargas Neto, y la novelista inglesa homónima de la célebre actriz de cine, Elizabeth Taylor. (El lector deberá disculpar que una y otra vez sólo se le extiendan listas de nombres; en el breve espacio disponible para estas líneas es imposible siquiera especificar cuáles de los textos que los escritores mencionados firman pertenecen a poemas, cuentos o ensayos, y a qué libros. La intención de esta nota es sólo subrayar la abundancia y heterogeneidad de autores.)
Lo que todos ellos nos dicen es que las moscas han estado en todas partes –posadas en la rodilla de la Virgen, girando sobre la boca abierta de los muertos, insistiendo en atravesar el vidrio de una ventana, animando con su música el verano, cubriendo la casa del faraón en Egipto, atentas a la oración del que van a fusilar, anunciándonos el futuro en una calva, corrompiendo la juventud de una fruta con su lasciva trompa, estudiando los mapas que la sangre dibuja en la tabla del carnicero y, por supuesto, en la mesa donde la mano cae sobre ellas con furia y velocidad.
Las moscas nos acompañan aun en los lugares y momentos en que nos creemos solos; son parte nuestra, preocupaciones que se materializan, cuentas pendientes girando alrededor de nuestra cabeza, infatigables constructoras del muro del insomnio.
Negras como el pecado, verdes como vitrales, azules con ribetes de luna cual noche de enamorado, doradas como el oro de la lujuria, enormes o diminutas, forman una sola, ubicua especie. Es apenas natural que estén, también, presentes en un millar de libros. En los de Augusto Monterroso su huella es mucho más grande que la del dinosaurio.

RAFAEL VARGAS es escritor y traductor. Su admiración por Monterroso lo ha llevado a trazar los vuelos de mosca de Monterroso en este texto. Ha participado en publicaciones como Biblioteca de México, Revista de la Universidad y Proceso. Entre sus libros destacan El habitante de la niebla y Escritura la flor. En Artes de México publicó El color del tiempo.

Este artículo aparece en el número 93 titulado “Elogio a la mosca en el arte”.