Artes de México
La serpiente en máscaras y danzas contemporáneas

Ruth D. Lechuga

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La serpiente mítica deviene en objeto ritual. Es la intermediaria en la lucha del hombre y el cosmos. Y, como parte de la cultura mexicana, revela los dos manantiales que la nutren: el pasado prehispánico y la tradición judeocristiana. En algunas ceremonias y danzas de los pueblos indígenas, las serpientes se bifurcan, se unen, se confunden y se fusionan con un solo objetivo, integrar al hombre a su espacio vital. Tláloc, la serpiente y el agua.
  Ciertas máscaras del diablo recuerdan vivamente representaciones de Tláloc, con sus fauces con colmillos, sus ojos circundados por serpientes y frecuentemente saltones. Al verlos transformados en seres infernales, surge la pregunta: ¿por qué muchos dioses prehispánicos se representaron como entes diabólicos a raíz de la Conquista? Quizá se deba a que los misioneros del siglo xvi llamaban demonios a las divinidades de los indígenas y éstos, en respuesta, les pusieron cuernos (así podían seguir representándolos sin ser castigados).  Como todas las obras de las deidades antiguas, las de Tláloc eran duales: mandaba la lluvia, indispensable para la vida, pero causaba terribles inundaciones que arrasaban con todo. Actualmente, el culto a esta deidad ha caído en el olvido, pero su doble función benéfica o destructora aún pervive. En el medio indígena, este reptil conserva cierto vínculo simbólico con Tláloc, pues se equipara con el rayo y la lluvia. Alguna vez escuché exclamar a un campesino tlaxcalteca, al ver una nube muy oscura: “¡Mira, una serpiente de agua!”  Aunque no todas las danzas que giran en torno al agua usan máscaras inspiradas en el rostro de este dios, sí existe una relación cercana entre la serpiente y la labor de Tláloc: cada primavera, sobre todo durante el carnaval, cuando empieza el ciclo agrícola, se practican muchas danzas que son peticiones de la lluvia, y que guardan algún vínculo con estos animales.  Destaca entre ellas la danza de los “paragüeros” o “charros”, acostumbrada en algunos pueblos del estado de Tlaxcala. Los protagonistas visten camisa blanca, pantalón y chaleco negros, una magnífica capa bordada, tocado de terciopelo rematado por una cascada de 48 o más plumas de avestruz, que caen a modo de sombrilla, de donde proviene el nombre de “paragüeros”. Generalmente se ponen también polainas de cuero, de las que deriva la denominación de “charros”. Hay, además, un grupo de hombres y mujeres que representan a la servidumbre y que son llamados “vasarios”. En cada población los danzantes visten de modo diferente, pero todo el conjunto se atavía de manera uniforme. Tanto “vasarios” como “paragüeros” llevan bellas máscaras de rasgos europeos.  En un momento de la danza, los “vasarios” presentan una muñeca, bailan con ella y le cantan canciones de cuna. En otro episodio importante, los “paragüeros” se enfrentan por parejas y, con sus látigos de ixtle apretadamente trenzado, tratan de golpear al otro en las piernas; al final dejan en el suelo sus reatas, que colocan en forma de serpientes y, al son de una melodía especial, bailan alrededor. Debido a este fragmento se ha rebautizado la ceremonia: en la actualidad se le suele denominar “danza de la culebra”. La interpretación de estos episodios apunta a un rito de fertilidad: la de la mujer representada por la muñeca, la de la tierra, que se hace patente cuando los protagonistas invocan suficiente precipitación pluvial, simbolizada por las serpientes. Los mismos danzantes están conscientes de la referencia. Cuando se les pregunta por qué las culebras, contestan: “porque aquí llueve muy poco”.  También existen ceremonias destinadas a prevenir las inundaciones en las zonas donde tal peligro es constante. Entre los huaves de San Mateo del Mar, Oaxaca, se acostumbra la danza de la “cabeza de serpiente”. Participan en ella tres personajes: la “serpiente”, una persona ataviada con una máscara sencilla y con una cabeza de reptil, tallada en madera, fijada a la espalda; el “flechador” o “rayo” quien, con un machete y una piedra de afilar, saca chispas que simbolizan relámpagos, y el “pastor”. Este último debe lograr, con un látigo, que la “serpiente” levante la cabeza, para facilitar que el “rayo” la separe del danzante y muestre el animal al público en señal de que está muerto. Los habitantes explican que, en el interior del cerro cercano, vive una serpiente. Si lograra salir de su encierro, ocurrirían inundaciones y, para evitarlo, el “rayo” la mata anualmente.  También guardan relación con las peticiones de la lluvia los bastones hechos de raíces, pintados como serpientes y con la cabeza labrada, semejando la del reptil. Fray Bernardino de Sahagún relata que en la fiesta de Tepeilhuitl, dedicada a “los montes, donde se arman nublados, hacían a honra de los montes unas cabezas de palo o de raíces de árboles y labrándoles la cabeza como culebra”. Estos bastones son usados actualmente, en varios pueblos del centro de Guerrero, por los “Manueles”, danzantes que van vestidos con máscaras inspiradas en las facciones de los “blancos”, además de sombrero, saco y pantalones citadinos. Los bastones de culebra cuyo origen se remonta a las fiestas prehispánicas, dan cuenta del sincretismo ocurrido en torno a estas ceremonias.
El sincretismo y la serpiente
Pero no todas las máscaras en las que aparece la serpiente están relacionadas únicamente con elementos prehispánicos. Se puede apreciar un sincretismo de distinta na-turaleza en la danza del “Calalá”, acostumbrada en Suchiapa, Chiapas. Intervienen personajes muy disímbolos que tienen sus orígenes en épocas diferentes. El “gigantón” ata a su espalda un impresionante artefacto que representa una cabeza de serpiente, labrada en madera y pintada, de la cual emerge un abanico de largas varas cubiertas con plumas. El conjunto recuerda las imágenes retratadas en códices. Intervienen también el “Davidsito”, niño con arco, flecha y corona de hoja de lata; el “Calalá”, quien lleva un armazón de madera alrededor de la cintura, con una cabeza de venado que sale al frente; un grupo de “tigres” con máscara-casquito y traje amarillo con pintas negras, y varios “chamulas” con cara pintada de blanco (los chamulas de la etnia tzotzil viven en un municipio de los Altos de Chiapas, lejano de Suchiapa, que está en los valles centrales).  La danza tiene interpretaciones diversas y contrastantes. En el medio indígena, desde el pasado prehispánico hasta la fecha, existe la creencia en el “tona”, doble animal que toda persona posee: el tigre representa al dios Tezcatlipoca, mientras que la serpiente emplumada a Quetzalcóatl, dos deidades en eterna pugna. Sin embargo, la presencia del “Davidsito” apunta hacia el duelo entre David y Goliat, “el gigantón”. Obviamente, aquí coexisten tradiciones y símbolos que se sobreponen en una sola danza.

  El cristianismo, la serpiente y la lucha entre el bien y el mal
También hay tradiciones europeas que son ecos lejanos de la presencia de las serpientes en las máscaras mexicanas contemporáneas. Hay que recordar los juegos del paraíso en Alemania (Paradeisspiele), de los cuales existen referencias desde el Medievo. Son una dramatización de la expulsión de Adán y Eva del Edén. La serpiente se representaba indistintamente por un enmascarado como diablo, o como serpiente. En ocasiones el diablo llevaba en la mano una culebra de tela rellena, que hace referencia al personaje de la serpiente-diablo (Schlangenteufel). Los actores eran campesinos y el escenario la casa de uno de ellos. Se representaba a finales del año inmediatamente antes o después de escenas navideñas. No es extraño, por lo tanto, que aparezcan en las pastorelas mexicanas “diablos” con serpientes en la cara.  Recién llegados los misioneros a la Nueva España se dieron cuenta del gran apego de los indígenas a las flores, los cantos y las danzas. Esta manera de celebrar las fechas sagradas fue aprovechada por los evangelizadores para profundizar la catequización de los recién convertidos. Los indujeron a escenificar los autos moralizantes y los autos sacramentales, y así aprendieron las enseñanzas de la nueva religión. Hoy sobreviven varias danzas con base en esos temas, como la de los “siete vicios”, donde aparecen como intérpretes los siete pecados capitales. Usan máscaras fantásticas con diferentes animales sobrepuestos, entre ellos serpientes. Ciertamente era un método muy efectivo para difundir el cristianismo. 

Ruth D. Lechuga. Investigadora de arte popular y fotógrafa desde hace más de 50 años. Durante este tiempo ha creado un museo de arte popular con su colección personal de cerca de 10 000 piezas. Ha publicado Traje indígena de México, Las técnicas textiles en el México antiguo, La indumentaria en el México indígena, Máscaras tradicionales de México y Mask Arts of Mexico, entre otros.


Máscara de diablo en pastorela. Tócuaro, Michoacán. Madera tallada y pintada. Museo Ruth D. Lechuga de arte popular.