Alberto Ruy Sánchez

Pocas formas del arte mexicano han sido tan vivas y han estado tan cargadas de significados a lo largo de los siglos como la serpiente. El fenómeno no es exclusivamente mexicano. En casi todas las tradiciones culturales que se conocen, la serpiente aparece como un símbolo importante. Sus impresionantes asociaciones naturales con la vida y la muerte, lo masculino y lo femenino, la tierra y el agua, el mundo y el inframundo, han despertado siempre la imaginación, el miedo o la curiosidad de los humanos. Sus poderes son siempre ambiguos y las serpientes lo mismo aparecen como seres positivos que como encarnaciones del mal, de lo obscuro, de lo terrible. Las serpientes han sido las habitantes naturales de los sueños. Y sus formas son infinitas. Algunas se repiten tanto que ya son arquetipos, como la serpiente que se muerde la cola, símbolo del eterno retorno, de la vida eterna, de los ciclos incesantes. Es también muy frecuente la serpiente que emana de la tierra para devorar al sol, símbolo de las fuerzas obscuras o inconscientes, incluso del mal, imponiéndose en el mundo. La serpiente, al mismo tiempo da miedo y fascina, sorprende y despierta admiración. Es una referencia misteriosa a todo lo que está más allá del alcance humano. Y el hombre atribuye en sus sueños a la serpiente, no sólo poderes únicos sino también la posibilidad de mezclarse con otros seres para ir más allá de su naturaleza. Así hay serpientes con alas, símbolos de los contrarios que se unen, de lo natural que se vuelve sobrenatural. En México, la serpiente emplumada es uno de esos símbolos arquetípicos. Sin duda es el más misterioso y socorrido de nuestros símbolos serpentinos. Pero ya en el arte rupestre de la Baja California vemos sobre los muros de piedra dibujos elementales de figuras humanas, danzantes y cazadores, alrededor de una serpiente con cabeza de venado. La serpiente, mezclada con atributos de otros animales, se vuelve divina. Admirable objeto de adoración que también es temible. Las múltiples serpientes prehispánicas, en cualquiera de sus transformaciones, nos recuerdan con fuerza la afirmación de Paul Westheim sobre la naturaleza de lo que ahora llamamos arte prehispánico, vinculado, según él, no a la belleza sino a lo terrible y a lo sublime. Así, la serpiente prehispánica representada, en escultura de piedra o en un plano dibujado, se nos convierte en un objeto que por su naturaleza es religioso. La serpiente fascina siempre y da miedo. Y ocupa un lugar tan importante en nuestros temores colectivos que incluso hemos puesto, muchos años después, a un águila para que la devore en nuestro escudo nacional. Iniciamos en este número de Artes de México una exploración de la serpiente como una forma privilegiada para guiarnos a la vez por lugares abiertos y por lugares recónditos de nuestro arte: la serpiente es el más maleable y misterioso de sus ejes y a la vez una de sus puertas sorpresivas. Una antigua leyenda decía que vivimos solamente dentro de los sueños de una serpiente. La serpiente madre de todas las cosas, a la que los hombres sólo pueden ver, a la vez, en sus propios sueños. Tal vez en todo nuestro arte (pintando, esculpiendo, dibujando fuerzas que nos rebasan), decía la leyenda, buscamos apresar la forma de la serpiente que nos sueña.
Este texto es la editorial del número 32, de la revista Artes de México “Serpiente prehispánica”.