Gabriela Olmos

Papel picado. San Salvador Huixcolotla, Puebla, 1974.

La fotógrafa y coleccionista de arte popular, Ruth D. Lechuga, fue una de las mayores viajeras y estudiosas del México profundo que tuvo el siglo XX: había recorrido de punta a punta un país cuyos habitantes habían aprendido a oscilar entre el silencio forzoso y la resignación. Ése era el México que, gracias a la Revolución, había transitado de las promesas de los terratenientes a las promesas de los políticos; el que había hecho del acostumbrarse un modo de vida; el que sabía que, para algunos, ni siquiera la muerte es redención.

Ofrenda al ánima sola. San Gabriel Chilac, Puebla, 1964. Fotografía: Ruth D. Lechuga.

Juan Rulfo ya había retratado este país en Pedro Páramo, la novela que nos ha llevado a mirar con los ojos entornados la realidad de los pueblos mestizos de México, y digo que con la mirada entrecerrada, porque así es como se alcanzan a percibir las ánimas que andan libres por las calles, esas que nos hacen saber que los muertos también saben de la resignación —tal vez por eso hablan en murmullos—, y que la muerte puede llegar a ser tan insufrible como la vida.

Centrémonos por un momento en un escenario de la novela: la tumba que comparten Juan Preciado, el hijo de Pedro Páramo quien, como Telémaco, se aventura en busca de su padre, y Dorotea, la mujer que pasó su vida buscando al hijo que nunca tuvo porque “la ilusión cuesta caro”. Y enfoquémonos en una de las conversaciones que sostienen sus osamentas, tan llenas de remembranzas: “Mi madre —relata Juan Preciado cuando agarra confianza—, que vivió su infancia y sus mejores años en este pueblo y que ni siquiera pudo venir a morir aquí. Hasta para eso me mandó a mí en su lugar. Es curioso, Dorotea, cómo no alcancé a ver ni el cielo. Al menos, quizá, debe ser el mismo que ella conoció”.

Roberto Ruiz. Miniatura tallada en hueso. Ciudad de México, década de 1980.

¿El cielo? ¿Los habitantes de Comala miran el cielo? ¿Los mexicanos mestizos de las clases populares se atreven a levantar la mirada?

“Hacía tantos años que no alzaba la cara —responde Dorotea— que me olvidé del cielo. Y, aunque lo hubiera hecho, ¿qué habría ganado? El cielo está tan alto y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde queda la tierra”. Dorotea había perdido el derecho a la gloria por haberle procurado cientos de mujeres a Miguel Páramo, hijo del cacique. Desde que el padre Rentería le notificó que no podía perdonarla, ella se había resignado a llevar la vida a rastras. “Lo único que la hace a una mover los pies es la esperanza de que al morir la lleven a una de un lugar a otro; pero cuando a una le cierran una puerta y la que queda es nomás la del infierno, más vale no haber nacido… El cielo, para mí, Juan Preciado, está aquí donde estoy ahora”.

Así, Juan Rulfo nos hace saber que para Dorotea, como para otros muertos de Comala y sin duda para muchos difuntos de México, el único cielo posible es el que contemplan acostados en sus tumbas, cuando las almas ya los han abandonado, dejando en sus manos “el hilito de sangre con que estaban amarradas al corazón”. Es una pena, porque la novela de Rulfo, como la geografía del país, tiene cielos espectaculares llenos “de estrellas gordas, hinchadas de tanta noche”.

Juan Rulfo.

Todos los pueblos tienen un mito que les da sentido, y acaso Pedro Páramo, con sus “muertos que no retoñan”, sea el del México del siglo XX. Ciertamente no se trata de una gesta heroica, pero al menos nos da la esperanza de saber que podremos contemplar el cielo al morir.

 

Extracto del libro El Cuarto Rosa de Ruth D. Lechuga.


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