Marco Antonio Murillo

Peyote, D.R. © Patricia Lagarde, en Herbarium, Artes de México, 2000.

La siguiente reseña se compone de nueve secciones inspiradas en el libro Herbarium de Patricia Lagarde. Algunas coleccionan plantas no descritas en la edición, pero que también contienen una fuerte carga simbólica, como es el caso del asfódelo. Con ello busco extender la idea general planteada por el libro: recuperar la naturaleza mágica de ciertas hierbas importantes en nuestras tradiciones.

Los textos resultantes son un breve homenaje a William Carlos Williams, quien escribió los siguientes versos:

Hemos vivido mucho tiempo juntos
una vida llena
de flores,
¿no crees? Así que
me alegré
cuando comprendí
que hay flores también
en el infierno;

el inframundo, pero no uno puramente occidental, sino sincrético que es el que subsiste en las páginas de Herbarium, y en las culturas mesoamericanas.

1. Belleza de las plantas

Si cavamos en nuestro pasado sincrético, nos daremos cuenta de que los antiguos sabios medievales como los prehispánicos consideraban a las plantas espíritus terrenos capaces de curar los distintos males del alma humana. Utilizar una planta era invocar el nombre mágico de un espíritu apto para detener el avance de determinada enfermedad, o bien, llevar a su consumidor a un estado de éxtasis desconocido, cercano al mundo de los dioses. Ésa es la ancestral belleza que Patricia Lagarde busca recuperar en Herbarium, libro fotográfico que antologa formas, texturas y colores de plantas que abundan en la herbolaria mexicana. Floripondio: rosada cortina del bosque; flor de manita: campana del atardecer; trompetilla: estrella vegetal; tabaco: hoja volcánica; y el derrumbe como un insecto dolorosamente negro para el paladar.

2. Epifanía

Hojeo Herbarium, me pregunto: ¿puede cortarse el seseo de sus hojas con una tijera verde?

3. Inventario

Libro sincrético. Las páginas de Herbarium cifran los misterios descritos en los herbarios del medioevo, al mismo tiempo que recuerdan los códices indígenas y los catálogos explicativos de las crónicas de indias, hechos por los frailes. Al nombre prehispánico le acompaña el nombre en latín y el moderno, ilustrados por una foto del espécimen y una descripción del mismo, que se extrae del Códice Florentino, o bien, de la Historia general de las cosas de la Nueva España. Escribe Fray Bernardino de Sahagún sobre la yerba del diablo:

Hay otra yerba que se llama tlápatl […] Tiene las hojas anchuelas, las flores blancas; tiene la semilla negra y hedionda, y quita la gana de comer a los que la comen. Y emborrachan y enloquecen perpetuamente.

4. Acerca de la santidad en algunas plantas

Espinadísimas plantas; orquídeas de tortuoso o pronunciado cuello; terribles árboles que al frutar dan la pulpa del cielo o del infierno. Esa flora otoñal, recuerda que al crecer la naturaleza también se tortura. La piel se pela como un tierno durazno, la cabeza de un nabo se corta y al caer finge un sonido de hojarasca sobre el zacate. Pedacería de extremidades como en un mercado de verduras o una fábrica de figuras florales. En la entrada de uno de esos sitios, Drummond de Andrade escribió:

Las plantas sufren como sufrimos nosotros.
¿Por qué no habrían de sufrir,
si esa es la llave de la unidad del mundo?

La flor sufre, tocada
por una mano inconsciente.
Hay una queja ahogada en su docilidad.

Enriqueta Alonso de Buxeda, botánica de Porfirio Díaz, publicó en 1905 un libro de difícil catalogación, Los frágiles hijos de la mandrágora. Empastado en cuero de color ocre y con herbolarios relieves en el canto de las hojas, el volumen estudia la relación de la flora con algunos mitos. La sección más lograda es la tercera, donde se examinan formas y características de plantas y se comparan con los óleos del martirio:

la fragilidad de un santo antes de morir es la misma que la de una planta ante las diarias labores de la siega. ¿Acaso una mano cercenada no se parece al bulbo de una dalia por abrirse, y el cuerpo estirado sobre la rueca al tronco espinoso de un árbol cirio?

Viveros, invernaderos: el sol entra por las pantallas de vidrio y el ventilador turbo disemina el amarillo buril de su temperatura por las verdes líneas del recinto. El anturio o lengua de fuego se convierte en la pira de bronce donde ardió san Policarpo. El corazón herido, enredado en un robusto roble, es el redondo suplicio de santa Catalina de Alejandría. La orquídea itálica da el cuerpo desnudo de san Sebastián a punto de ser asaetado contra un tronco. Del opaco asfódelo brota el rictus de san Antonio en el exilio.

También existen plantas llamadas cefalóforas: la drácula simia y la semilla boca de dragón; de cráneos intactos y mandíbulas abiertas, pronunciadas, como queriendo decir un salmo que nadie escucha. Cefalóforo, filosa palabra cuya raíz parte del griego kephalḗ (cabeza) y phoros (portar). San Genesio de Arlés, luego de ser decapitado al pie de una frondosa morera, tomó su propia cabeza por las barbas y la arrojó a las oscuras aguas del Ródano. Buxeda abona a una comunión con el mito de Orfeo. La cabeza y la lira del héroe mitológico fueron lanzadas al Ebro. Entre corrientes, desbordamientos y ciclos calendáricos, la cabeza sigue afinando el tono de su sufrimiento.

Martirio: negro muro abunganvilliado de espinas. ¿Gritar en la cúspide de ese muro es como reverdecer? ¿Se puede sufrir silenciosamente adentro del cuerpo roto? En otoño, troncos y tallos crecen sinuosamente, se tumoran, se ramifican, sufren la siega del clima, la soportan. Quizá plantas y santos no sólo compartan las tórridas formas del suplicio, también la luz que llega después. Me refiero a la luz limpia de la divina gracia; la misma luz no usada que alienta la fotosíntesis.

5. Memoria de las hojas

Las fotografías de Herbarium, comenta Salvador Elizondo, tienen la forma del recuerdo. Remiten a escenas literarias: guardar un tallo, una ramita seca entre las páginas de un libro como memoria o para separar un pasaje significante. Pero ese trozo de vida certeramente cortado a la planta dice algo más. Aquí es donde entra el hallazgo de Lagarde: cada hierba es un puente entre el presente científico y el pasado mágico. El efecto conseguido en las fotos, a través de veladuras y pátinas, juega con la idea del espécimen cortado para analizar en el laboratorio, al mismo tiempo que el de una pintura hallada en un libro de herbolaria o códice. Pareciera que las plantas fueron dibujadas a mano con carboncillo o tintes vegetales: tlacehilli (añil), achiote (rojo), suchipal (amarillo) y otros que coloraban los grandes telares y los códices de Mesoamérica.

6. Crecimiento del asfódelo

Crecimiento del asfódelo, en Herbarium, Artes de México, 2000.

7. Sobre el espíritu de las plantas

Las plantas descritas en Herbarium siempre están a punto de volverse una especie de luz seca entre mis dedos. Las fotografías de Lagarde las han captado en una textura que me atrevo a llamar de mística sequedad, es decir, el momento en el que el espécimen, meditante, está preparado para ser ingerido, y liberar así su espíritu, su ingrediente activo. Se lee en el Códice Florentino sobre la yerba de la calentura:

Sus hojas se muelen con sus flores. Se beben en ayunas o cuando ya se comió. Se hacen hervir mucho en agua. Y la debe beber el que se paraliza a partir de su costado y le llega el mal hasta su corazón, como si súbitamente perdiera la conciencia, o en el pecho se le colocara el mal: como si durmiese, como si fuese a morir. Le asentará el corazón.

Yo, que en estos fragmentos de tierra fértil he seguido el ejemplo de los botánicos mesoamericanos, escribí sobre el asfódelo.

8. Arte botánica

En la mitología griega los Campos Asfódelos es uno de los tres sitios a donde van las almas de la gente al morir. El lugar adquiere su nombre por las flores que allí crecen y que eran la comida favorita de los muertos. A su vez los asfódelos se vinculan con el olvido, gracias al Río Leteo, corriente de agua en la que los muertos bebían para olvidar su paso sobre la tierra.

En el jardín de su casa,
William Carlos Williams se ocupó de la poesía
y pensó en el crecimiento y cuidado de algunas flores.

Las procuró diariamente con agua y abono
y ya hinchadas de cierta luz, las vio
y leyó en la enciclopedia que no eran especiales,
se llamaban asfódelos:
planta raramente
aromática, herbácea
de raíces tuberosas,
de tallo erecto y lampiño
y hojas basales.

Flores que no sirven para cantar,
como sí la rosa o el lirio, flores
para cuando se vaya la primavera.
Después de un paro cardíaco,
Williams recordó las flores de ese jardín.

Entonces, le escribió a su mujer:
Del asfódelo
yo vengo, querida
        a cantarte.

Quiso decirle
que es justo que en nuestros jardines personales,
también los muertos participen de las labores botánicas de la poesía:
en su quietud de seca orquídea,
en su nada que hacer sombrío,
los muertos cosechan pequeños bulbos ovalados,
falsos frutos que no se pueden comer…
por ahora.

Mientras anochecía en el jardín,
recordó Williams,
una tras otra las flores iban perdiendo el sol,
se multiplicaban en una leche oscura,
y en sus raíces se guardaba
el tiempo detenido de los muertos
y en el tallo el olvido de los vivos.

Tal vez el cansado florecer de un jardín
sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos.
Los oímos
en el crujir de ramas,
en el viento que dobla
y mueve
las delgadísimas hojas
como una estación en tránsito.

Estoy seguro que Williams,
mientras le escribía a su mujer,
pensaba que las líneas de cultivo
en el jardín, irregulares, se parecían
a la duración de algunos versos suyos:

Cuando hablo
de flores
es para recordar
que en un tiempo
fuimos jóvenes.

Le debemos tanto a nuestros muertos,
el gusto por algunas especies de plantas
que inútilmente crecen en nuestro jardín,
y la pena de extrañar la vida
cuando estamos enfermos.

“Tecomaxóchitl”, D.R. © Patricia Lagarde, en Herbarium, Artes de México, 2000.

9. Tonalli

Las plantas de Herbarium, diría Xavier Lozoya, aún conservan cierta huella del tonalli como cuando estaban vivas. Aún mantienen esa fuerza vital formada por la tríada luz-calor-energía de la cosmovisión indígena y que corría por los órganos del cuerpo humano. Si para los hierbateros prehispánicos la ingesta de determinadas flores podía restituir el tonalli al enfermo, las fotografías de Lagarde funcionan como poemas que iluminan los ojos del espectador. Dichos poemas, de color y textura muy propios en su orden vegetal, indican que cada hierba contiene un significado mágico, especial. Significado que, como la tradición oral, se hereda a través del tiempo: de maestro a alumno, de abuelo a nieto. En ese sentido, en Herbarium, palabra y planta son parte de un mismo espíritu. Por eso, cuando yo digo:

tlápatl (yerba del diablo),
pícietl (tabaco),
tlatlancuaye (lengua de la calentura),
asfódelo (ceniza de invierno),

me convenzo:
son estos los nombres del fuego,
cuando se planta en las venas negrísimas del alma.

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