Gloria Giffords y Jorge Olvera

La primera mayólica o loza esmaltada que hubo en México llegó de Sevilla, en el siglo XVI. Los loceros peninsulares la conocían como loza blanca debido a su esmaltado blanco opaco. Este término se siguió usando en México durante los siguientes 400 años a pesar de su propio desarrollo estilístico. Mayólica o talavera son términos utilizados indistintamente para designar la loza blanca. La tradición de la loza blanca, surgida originalmente en Puebla, y en apariencia bajo el control de gremios dominados por españoles, comenzó hacia el norte en algún momento, a finales del siglo XVIII, sobre todo hacia Guanajuato. (…) A principios del siglo XIX la industria de loza blanca se arraigó también en Aguascalientes, Venado, San Luis Potosí y Sayula, Jalisco. En todos estos centros, la locería evolucionó con su estilo característico. (…)

Plato con motivo decorativo llamado “dos hermanas”, siglo XIX. Fotografía: Gloria Fraser Giffords / Artes de México.

Entrevistas personales con los últimos manufactureros de esta artesanía y con sus familiares aportaron datos probables sobre la introducción de la industria en el área. Las excavaciones realizadas en el taller Silva, en un pequeño patio localizado entre los cuartos reservados para el torno y el secado de la cerámica y los pilones o tanques de decantación, mostraron una abundancia de antiguas piezas de mayólica. Dichos patios poseían siempre el llamado “molino de sangre”, que funcionaba por medio de la tracción humana o animal y que se utilizaba para triturar los minerales necesarios para la elaboración de barnices plumbíferos y del esmaltado. Se comentó a los investigadores cómo los primero loceros de Aguascalientes compraban los minerales locales: plomo y estaño para el esmaltado, cobre para el verde, antimonio para el amarillo, sustancias de fierro para elaborar el rojo y magnesio para el púrpura y el negro. El único pigmento importado era el cobalto azul, cada vez más escaso debido a su precio.

Se le dieron al maestro Silva pedazos de piezas de azulejos y de vajillas provenientes de las dos excavaciones para que identificara sus formas, funciones, así como los patrones y técnicas de manufactura. Los motivos decorativos, que permanecieron inalterables desde el principio, tienen nombres como ámbar de gotas, pestañas, sombra, jalón (de diferentes colores) y pintura mañana. La loza blanca de Aguascalientes es una de las últimas expresiones del estilo pintoresco y floral, derivado de una antigua tradición policroma italiana, un estilo de finales del siglo XVIII llamado “aranama policromo” por los arqueólogos. Es probable que tanto la técnica de la loza como su estilo decorativo fueran llevados a Aguascalientes hacia principios de 1820 por los loceros de Dolores y de Guanajuato. (…)

Charola con dibujo de tepocate. Fotografía: Gloria Fraser Giffords / Artes de México.

Hacia finales del siglo XIX la loza blanca de Aguascalientes alcanzó gran éxito debido a la gracia y originalidad de sus diseños, lo cual les permitió competir exitosamente con la producción poblana. Sin embargo, la mayólica de Aguascalientes tuvo su auge hacia 1880. El ocaso que se inició en algún momento de este siglo, según el maestro Silva, se debió a factores como el alza en el costo de los materiales, o a la dificultad de obtener una óptima calidad en la arcilla local, ya que las fuentes se habían extinguido o habían sido cubiertas bajo los asentamientos urbanos. Por otra parte hubo una gran escasez de cobalto. (…)

Hacia las décadas de los cuarenta y los cincuenta esta cerámica recobró sin embargo nueva vida en el mercado estadounidense y comenzó a exportarse a Nueva York, Los Ángeles y otras ciudades. Aparentemente hubo también demanda regional de azulejos, ya que algunos sitios de la ciudad de México contaban con materiales de Aguascalientes en sus muros. Esto no bastó para alentar la producción de loza blanca, por lo que hoy sólo quedan tristes restos de lo que alguna vez fuera una floreciente industria.

Loza blanca de Aguascalientes, típica decoración aranama con borde llamado corona. Fines del siglo XIX. Colección Roberto Montenegro. Fotografía: Rubén Orozco / Artes de México.

 

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