Alberto Ruy Sánchez

La respuesta más audaz que pueden dar los ciudadanos de un país desgarrado por una larga gesta revolucionaria, rebeliones de todos los signos y caudillos en conflicto es, a pesar de todo, atreverse a estar de acuerdo, a silenciar las armas y asumir el riesgo del debate. En las chispas que nacen del choque de las palabras está la posibilidad del acuerdo.

Más atrevimiento se necesita para convertir esa confluencia en una ley para todos: una verdadera Carta Magna. Ganar una Constitución en tiempos de guerra es la mayor victoria que todas las facciones pueden lograr. Ésta es la única opción en la que, a mediano y largo plazo, todos ganan.

Juan O’Gorman, Retablo de la Revolución, 1969. Mural al Fresco. Museo Nacional de Historia, Ciudad de México.

Es mucho más sano y constructivo festejar el establecimiento de una Constitución que celebrar el desenlace armado de cualquier bando. Para que esto sea posible es importante mirar en la Historia cómo se va forjando el sueño constitucional, y cómo y por qué en tantas situaciones, una y otra vez, se le destruye.

Desde los tiempos virreinales la imaginería nacional, el periodismo y el arte parecen entenderse de maravilla. Y la Constitución no es excepción. Aparece en todos los rincones del arte.

Si el intento de crear leyes fundadoras y fundamentales fue uno de los sueños de la nación desde el origen de su existencia, cada una de esos intentos, en 1812, 1824, 1836, 1843 y 1856 se vio derrumbado por nuevas batallas.

José Guadalupe Posada, “Ataúd de la Constitución de 1857” en La guacamaya, 8 de febrero, 1906.

En nombre de grandes cambios a favor del pueblo, los nuevos acomodos  partidarios se volvieron insuficientes y hasta el triunfo de los tuxtepecos la paz comenzó a imponerse. El gobierno de Porfirio Díaz llegó a profesar un culto simbólico a la Constitución de 1857. Gran paradoja de la Historia: cuando por fin el país comenzaba a vivir con una Constitución respetada hasta el extremo de la adoración, en el caudillo crece la idea de que la Constitución no es para él porque le queda chica. Y, controlando el congreso comienza a transformarla a modo, hasta dejarla como la pintaban los caricaturistas de su tiempo: un cadáver ya sin  carnes que Don Porfirio guardaba en el armario. Lección suprema que nos da nuestro pasado constitucional.

Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 1917.

Una Constitución es fuente de identidad y de firmeza para una sociedad, pero también es frágil cuando la división de los poderes Judicial, Legislativo y Ejecutivo se va borrando. Sobre todo si se hace a favor del Ejecutivo que comienza a dominar sin los necesarios contrapesos que una democracia requiere.

La Constitución de 1917 estableció el derecho a la educación pública y gratuita, la dignidad del trabajo, los modos de propiedad de la tierra y los mecanismos para preservar la integridad territorial de la nación. El derecho a tener ideas distintas a las del gobierno y a publicarlas. Todos puntos fundamentales que aparecerán treinta años más  tarde en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero también fue un freno al caudillismo estableciendo el principio de no reelección. Tentación mayor de cada poderoso: serlo más y sin medida ni de tiempo ni de la sociedad. El antídoto es, tal vez, una Constitución estable pero viva, acertada pero mejorable, creadora de justicia y de las instituciones independientes que la garanticen. Una Constitución es fuente y producto de una política de Estado que va más allá de una política específica de cada gobierno. También es fuente de imaginación de todo tipo que va desde la utopía social hasta la figuración artística.

Ángel Zárraga, Una niña aprendiendo historia, 1927. Óleo sobre tela. Secretaría de Relaciones Exteriores, Ciudad de México.

A cien años de su existencia, nuestra Carta Magna sigue viva y continúa planteándonos sabios retos, a la vez de prudencia y audacia, de respeto y convivencia. Reflexionar sobre su origen es parte de la labor que propone este libro breve creado en colaboración con La Fundación Organizados para servir A.C., la Secretaría de Cultura y la editorial Artes de México. Una semilla que mira al árbol, que mira al bosque. Una nota perdida dentro de un instrumento que espera sus mejores intérpretes.

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Jorge González Camarena, La Constitución de 1917, 1966. Mural al fresco. Museo Nacional de Historia, Ciudad de México.

Este texto pertenece al libro La Constitución de 1917. Un siglo de historia, una edición no comercial y conmemorativa de la Fundación Organizados para servir A.C. y Artes de México

La Constitución de 1917. Un siglo de historia (edición no comercial)


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