Fiesta de tastoanes, una tradición que se reinventa.

Guillermo de la Peña

Cada año, varios poblados aledaños a Guadalajara y particularmente del municipio de Zapopan —Jocotán, San Juan de Ocotán, Ixcatán, Nextipac y Santa Ana Tepetitlán—, son escenarios de una secuencia ritual de gran originalidad y colorido: el festival de los tastoanes, que convoca multitudes.

El festival forma parte del culto regional al apóstol Santiago; por ello, se celebra los días previos al 25 de julio, fecha en que culmina la ceremonia y que, además, está consagrada al santo en el calendario católico. (…)

Danzante de la fiesta de tastoanes. Ixcatán. Fotografía: © Artes de México.

Según la interpretación del historiador y etnólogo Alberto Santoscoy, esta fiesta comenzó a celebrarse probablemente en el siglo XVI, como una conmemoración de la milagrosa intervención del apóstol en varias batallas de la Guerra del Mixtón. Al respecto, los cronistas coloniales —Antonio Tello, Pablo de Beaumont, Alonso de la Mota y Escobar y Matías de la Mota Padilla— cuentan que, gracias a la ayuda del celestial guerrero, los españoles vencieron la rebelión de los indios caxcanes, entonces la etnia más numerosa en la zona norte de la actual Guadalajara. En 1540, sus dirigentes y sacerdotes habían iniciado una guerra, sangrienta y encarnizada, de exterminio contra los invasores españoles. El propio Antonio de Mendoza, primer virrey novohispano, encabezó el ejército que acudió a sofocar el gran levantamiento. Al igual que en la Reconquista peninsular, en estas batallas, las tropas españolas invocaron a Santiago y creyeron verlo aparecer milagrosamente e intervenir a su favor en el combate. En el personaje aterrador de Santiago, jinete en su blanco caballo, los cronistas encontraron el símbolo del aniquilamiento del mundo indígena y de la consolidación de la conquista. […] Para fortalecer esta visión, los misioneros organizaron representaciones teatrales y elaboradas danzas, entre las cuales destacan por su popularidad las secuencias llamadas “de moros y cristianos”, o bien “morismas”, trasplantadas del mundo ibérico. En ellas, los protagonistas escenificaban batallas inspiradas en el Reconquista; pero, en tierra americana, los moros derrotados y luego conversos integraban una metáfora del mundo indígena, sojuzgado y evangelizado. (…)

San Juan de Ocotán. Fotografía: © Artes de México.

Posiblemente la fiesta de los tastoanes fue en sus inicios una representación de los moros y cristianos, adaptada a las tradiciones y leyendas locales; pero con el paso del tiempo se modificó hasta convertirse en una acumulación abigarrada de elementos del drama de la pasión, de las pastorelas (comedias navideñas, muy gustadas en Jalisco) y de las propias morismas. Los elementos añadidos, a fuerza de mezclarse, adquieren nuevos significados, subvertían las narraciones originales. En su forma actual, como lo ha mostrado la antropóloga Olga Nájera-Ramírez en su detallado estudio de Jocotán, la población indígena se ha adueñado del festival, gracias a lo cual ha surgido un marco alternativo de interpretación que permite la inversión del símbolo central, es decir, del apóstol Santiago. (…)

El proceso ritual

La presentación de los tastoanes en el primer momento implica su identificación como seres lúcidos —sus evoluciones se conocen con el nombre de “jugadas”—; pero también como salvajes, paganos y adversarios de la religión cristiana. Ocultan sus rostros tras máscaras de madera que ostentan rasgos animalescos, van tocados con una montera o peluca confeccionada de colas de res y crines de caballo que les cuelgan hasta la cintura, y llevan chaquetones oscuros y pantalones de colores brillantes. Acompañados de música de teponaxtle y chirimía (tambor y flauta, ambos de origen prehispánico), desde la salida del sol recorren la plaza y las calles céntricas del barrio o pueblo. (…)

San Juan de Ocotán. Fotografía: © Artes de México.

El caos que se ha instalado en las calles se conjura con la aparición de Santiago —segundo momento—, quien monta en un caballo preferentemente blanco, blande un machete de acero o una espada y viste a la antigua usanza hispana: sombrero “jarano” (de ser posible) de cuero y anchas alas, adornado con plumas blancas, botas y capa española. Lo acompañan, a pie, sus tres servidores, el Moro, el Sargento, y el Perro rastrero (así identificados en algunos pueblos como Jocotán), que pueden ser simplemente llamados “sargentos” o “moros” (como en Nextipac o Ixcatán). Éstos visten uniformes tipo militar, o atuendos que remedan el de Santiago. Ante él —quien, en algunas versiones, declara ser “Rey de la Nueva España y de la Nueva Galicia”—, los tastoanes se repliegan, pero luego marchan todos, en una procesión encabezada por Santiago, a la plaza o al atrio de la iglesia, donde se ha erigido una plataforma de madera, que recibe el nombre de El Castillo. Este espacio puede ser un simple tablero, una gradería o un artificio más complicado con murallas y almenas. Ahí tendrán lugar las negociaciones por la tierra, durante las cuales los tastoanes bajan de este sitio para medir el suelo con cordeles, profieren largos e ininteligibles discursos, salpicados de vocablos en náhuatl, y señalan con grandes gesticulaciones hacia los cuatro vientos. (…)

Santo Santiago Lucha contra los Tastoanes. Nextipac. Fotografía: © Artes de México.

En el tercer momento, cuando Santiago es derrotado y —regocijada y aparatosamente— muerto a cuchilladas o machetazos (en Ixcatán es destazado por el rey rubio), el proceso ritual ha conducido a que la figura del apóstol, en cuanto símbolo, se vacíe de sus significados previos. Ya no es el guerrero invencible que atemoriza y diezma a los guerreros indios. Ni siquiera es el representante del bien, pues ha merecido la reprobación de los reyes, quienes en la imaginación popular se asocian con la fuerza benéfica que detentan en los nacimientos y las pastorelas. De la misma manera, los tastoanes pierden su connotación caótica y se convierten en defensores de la justicia, simbolizada en el territorio; en sus parlamentos, han acusado a Santiago de ser un impostor y de “violar la ley mosaica”. El único que llora al caído es el arrepentido Cirinero, quien deplora su traición y trata de resucitarlo, pasando, sobre el cuerpo del muerto, manojos de hierba, a la manera de los curanderos tradicionales.

En el cuarto momento, cuando Santiago resucita se produce una conmoción. Sus verdugos caen fulminados. Pero luego el santo los cura al tocarlos con su espada que se convierte, así, en un instrumento de vida. Después se une a ellos en actitud alborotadora. A la música del teponaxtle y la chirimía se suman mariachis, bandas de viento y hasta grupos norteños. Lo lúdico ha dejado de ser demoniaco. Además, el apóstol se ha adjudicado nuevos significados de beneficencia, participación y fraternidad. La culminación del cuarto momento ocurre con dos ceremonias de “curación” que se extienden a todos los presentes. En los lugares donde se celebra este festival, se guarda en la iglesia o capilla central una estatua ecuestre de Santiago; aunque también existe frecuentemente una réplica de menor tamaño, alojada en la casa del mayordomo en turno. Tras la resurrección, las campanas de la iglesia repican; en el presbiterio, delante del altar, los mayordomos y el sacristán sostienen la estatua (o, si es muy grande, la réplica) y tocan con ella a los fieles que acuden en busca de remedio a sus males físicos y emocionales. Afuera, Santiago, de nuevo montado en su corcel, recorre el atrio y la plaza y “cuerea” o azota a quienes desean recibir el impacto curativo de su espalda. La “cuereada” continúa por horas, quizá para confirmar la naturaleza benéfica del santo y de su arma. Esta intercesión permite que durante los 12 meses siguientes pueda venerársele en las capillas e iglesias locales. En este culto, se le solicita ayuda para sanar enfermedades, y se le ofrendan exvotos de agradecimiento. (…)

Tastoan. Ixtcatán. Fotografía: © Artes de México.

No hay que pensar en esta fiesta como algo solemne y pomposo. Por el contrario, es un espectáculo subrayadamente cómico. Incluso cuando Santiago cae destazado y brota de su pecho un gran borbotón de “sangre” roja, tanto público como actores ríen sin disimulo, lo cual contribuye a que el entramado simbólico no pierda su tinte de ambigüedad. Con todo, en el festival se recrean arquetipos que conservan y reproducen la memoria histórica o, si se quiere, la tradición inventada, que se crea y recrea por los dominadores de manera distinta por los dominados.

 

Guillermo de la Peña Antropólogo doctorado en la Universidad de Manchester. Profesor e investigador del CIESAS, y miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y del Sistema Nacional de Creadores. Recibió el premio Jalisco y la beca Guggenheim. Es autor de Herederos de promesas: Agricultura, política y ritual en los altos de Morelos y de Cambio social en la región de Guadalajara.

 


Este texto, en su versión completa “Fiesta de tastoanes”, se reproduce en el número 60 de la Revista Artes de México, Zapopan. Conoce la revista a través del siguiente enlace y descubre más sobre esta celebración .

60. Zapopan


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