Hans van Meegeren, el falsificador de arte

Eliot Weinberger

Hace unos años, un joven emprendedor volvió a mecanografiar El pájaro pintado, la laureada novela de Jerzy Kosinski, publicada en 1965. Le puso un nuevo título al manuscrito y lo envió a una decena de editores estadounidenses. Ninguno de ellos, incluso el propio editor de Kosinski, reconoció el libro y todos lo rechazaron. (…)

El pájaro pintado es un caso clásico de cómo la paternidad literaria determina la recepción de la obra. […] El caso es que, aun cuando el texto sigue siendo el mismo, su importancia disminuye en el siguiente orden, según la identidad de su autor: Kosinski, en tanto autor original, el traductor, el asistente, Kosinski el plagiario, el joven que lo volvió a mecanografiar. Como dijo Salvador Dalí, la primera persona en comparar las mejillas de una mujer con una rosa fue indudablemente un genio; la segunda persona en hacerlo bien pudo ser un idiota.

La falsificación es el pequeño alfiler que pincha el globo de aire caliente de las teorías sobre el arte. Intelectualmente podemos pensar, al igual que los modernos, que en el arte todas la edades son contemporáneas, que un poema lírico de Safo tiene la inmediatez de uno escrito ayer, o creer, al igual que los posmodernos, que no existe el autor, sólo el texto. Pero el hecho real de leer, observar o escuchar una obra de arte siempre ocurre en la tensión que se da entre nuestra percepción de la obra misma y nuestro conocimiento de su origen. Incluso cuando el autor es Anónimo (como reza el viejo chiste, el escritor más grande y diverso que ha existido) la obra se coloca de modo inextricable en su momento histórico. Su infinitud es su núcleo inmutable, es lo que mantiene a la obra con vida a través de los siglos. Su ubicación en una época (más aún en una época que se aleja) conserva la obra en un flujo constante. Vemos la obra de arte como parte de un entorno arcaico, un entorno en el que debemos penetrar, pero lo vemos con ojos modernos, es decir, con los ojos de una modernidad que siempre está cambiando.

Una falsificación es un objeto sin creador y la naturaleza humana no puede soportar algo que no tenga la narración de su origen. (El debate más vital de la física actual es la pregunta que toda época y toda cultura han tenido que responder: ¿qué sucedió durante los primeros cuatro segundos del universo?) No hay razón por la cual una copia exacta (suponiendo que ésta fuera posible) de una pintura debiera ser inferior al original, pero sabemos, emocional si no racionalmente, que sí lo es. (…)

Pero si la autenticidad deja un resabio amargo de pesadumbre, la falsificación es una hilaridad espolvoreada con azúcar. Cuando se hace por lucro monetario es tan falta de sentido del humor como un billete falsificado: toda habilidad y nada de ingenio. Cuando es obra de la megalomanía se encuentra en su estado más perverso, la combinación de habilidad y observación que lleva al placer de ver los esfuerzos propios colgados en los muros de un museo o vendidos en Sotheby´s. Pero la perversidad del humor está en que nunca puede ser compartido; el falsificador debe reírse solo. La falsificación encuentra su estado más cómico cuando es un acto de simple venganza y cuando ese acto es, a la larga, descubierto.  (…)

Una combinación elaborada de venganza y megalomanía, y con consecuencias más serias, fue el caso del máximo falsificador (conocido) del siglo, Hans van Meegeren. Nacido en Holanda en 1889, alcanzó cierto éxito cuando era muy joven, […] los lienzos simbolistas que empezó a pintar a sus veintitantos años comenzaron a ser objeto del tipo de reseñas reservadas, por lo general, a la genialidad mal comprendida o a la mediocridad bien entendida. Como necesitaba dinero, realizó sus primeras incursiones en el negocio de la falsificación haciendo falsificaciones de Frans Hals, Ter Borch y de Hoogh. Se vendieron moderadamente bien. Entonces descubrió su verdadera misión en la vida, el plan maestro.

Vermeer había sido descubierto recientemente y se le consideraba, con razón, rival de Rembrandt, como genio holandés. Había, sin embargo, un largo hueco cronológico entre la treintena de obras conocidas de Vermeer: durante sus primeros años, cuando se pensaba que había viajado a Italia, había caído bajo la influencia de Caravaggio y había pintado obras con temas religiosos (a diferencia de los paisajes, interiores y retratos que pintó posteriormente). Sucedió que los críticos de arte que se dedicaban a especular sobre las pinturas faltantes de Vermeer eran los mismos que habían confinado a Van Meegeren a la Siberia del gusto moderno.

Era perfecto. Hans van Meegeren se recluyó en Francia y, después de tantos años de perfeccionar la elaboración de los materiales que confundirían el examen científico –hasta la fecha algunas de sus técnicas no han podido explicarse–, procedió a crear los Vermeer faltantes. Su obra máxima, La cena de Emaús, fue declarada por un crítico, enemigo personal de Van Meegeren, no sólo por auténtica, sino: “la obra maestra de Vermeer”. El cuadro fue vendido en 1937 por el equivalente de 1.4 millones de dólares y estuvo colgado durante siete años, siendo objeto de gran adulación, en el Museo Boysman. (…)

Al contemplar hoy La cena de Emaús parece increíble que este lienzo indeciblemente torpe haya sido confundido alguna vez como obra del sublime Vermeer. Como un Vermeer auténtico, es patético. Pero como un Van Meegeren es una brillante parodia que, en un gesto extraordinario, ríe al último y anticipa el irónico pastiche posmoderno: Van Meegeren claramente copió el rostro de Jesús de una fotografía de Greta Garbo.

En inglés, una misma palabra significa falsificar obras de arte y moldear metal con calor y martillo: to forge. En las sociedades tradicionales, el herrero, el fabricante de las armas, es, como el chamán, una fuente de gran poder que debe mantenerse aparte de la comunidad por medio de una cadena de tabúes. En nuestra sociedad, es el falsificador quien ha llevado a su máximo extremo el ideal romántico de la soledad del artista. El falsificador es el hacedor de arte que nunca podrá ser reconocido como tal, cuyo trabajo es aclamado mientras él permanece en total anonimato. Es un paria entre los parias de la sociedad. Y, todavía más, es el artista más puro: el que rechaza el culto a la personalidad, quien no tiene identidad ni estilo personal, quien cree sólo en la obra misma y en la época a la que se atribuye. El falsificador, finalmente, podría ser el artista modelo.

Eliot Weinberger, escritor, ensayista y traductor de poesía. Autor de más de 15 libros. Ha publicado The Collected Poems of Octavio Paz (1987), Invenciones de papel (1991), Outside Stories (1992) y Una antología de la poesía norteamericana desde 1950 (1992). Es miembro del Consejo de Asesores de Artes de México.

De las imágenes: Francis Alÿs, de la serie The Liar/The Copy of the Liar, 1994. Múltiple de tres unidades. Obras que forman parte de una experiencia en la que el artista realiza un cuadro y luego encarga a un rotulista una copia. Después ésta es copiada a la vez por otro rotulista utilizando diferentes técnicas. Según Francis Alÿs, “el proceso de copia se extiende cada vez más. Ya no importa si uno está viendo el modelo, la copia, o la copia de una copia. Yo mismo he empezado a copiar mis propios modelos bajo la influencia de nuevas versiones”.

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Este texto, en su versión completa “Falsificaciones auténticas”, se reproduce en el número 28 de la Revista Artes de México, La falsificación y sus espejos. Adquiere la revista a través del siguiente enlace y conoce más sobre el arte y sus falsificadores.

28. La falsificación y sus espejos


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