La iluminación en los vitrales de Goeritz

Laura Ibarra

En 1941 Mathias Goeritz (1915-1990) logró huir de Alemania para evitar ser llamado a la Wehrmacht en los difíciles años de la Segunda Guerra Mundial. En 1949, después de una estancia en Marruecos y España, llegó a México invitado por el arquitecto Ignacio Díaz Morales, para integrarse como maestro a la recién fundada Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara. Una vez terminado su contrato por tres años, Mathias se mudó a la Ciudad de México. Ahí permaneció hasta su muerte, con una gran actividad en muchos de los diversos campos del arte, entre ellos, el diseño de vitrales.

Invitado por reconocidos arquitectos, Mathias participó en la construcción o renovación de varias iglesias. Hay que recordar que en las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX el acelerado crecimiento demográfico hizo necesaria la construcción de nuevos templos y la reforma litúrgica exigió la renovación de las antiguas iglesias. Esta situación abrió a Goeritz, un profundo creyente, un campo de trabajo donde podía desarrollar su inquietud de poner el arte al servicio de la religiosidad. Como muchos de sus proyectos, el diseño de sus vitrales se deriva de su concepto de arte: éste debe orientarse a satisfacer las necesidades de un mundo espiritual y las obras deben expresar las inquietudes religiosas en forma anónima y con gran humanidad, como se hace en oración.

Mathias Goeritz, Vitrales de la Catedral Metropolitana, Ciudad de México, ca. 1960. Archivo fotográfico del IIE de la UNAM.

El primer vitral realizado por Mathias se encuentra en la capilla del convento de las capuchinas sacramentarias del Purísimo Corazón de María en Tlalpan, un espacio pensado para el recogimiento y la oración. Además de diseñar el altar –un muro rectangular cubierto de chapa de oro con una pequeña ventana en su centro que muestra una custodia– Mathias hizo una pequeña capilla al lado izquierdo de la iglesia, separada de la nave principal por un muro diagonal cuya punta señala al altar. En el fondo de este muro se levanta un vitral del piso al techo, con piezas de vidrio de tonos que van del amarillo claro hasta el naranja, que transforma la luz exterior en un haz de suave dorado. Gracias al muro diagonal, la luz se dirige directamente al altar, donde produce un efecto que acentúa el simbolismo de la celebración eucarística.

En 1954, el arquitecto Ricardo de Robina y el padre Ertze Garamendi invitaron a Mathias a colaborar en la restauración de la parroquia de San Lorenzo, un edificio virreinal del siglo XVII en el centro de la Ciudad de México. […] En 1960, el arquitecto Robina, quien dirigía los trabajos de restauración de la catedral de México, volvió a comisionar a Mathias el diseño de los vitrales. Aquí el desafío fue mayor: el espacio era muy amplio y el inventario virreinal de la iglesia muy valioso, especialmente el retablo de los Reyes. Con el fin de devolver a la catedral la luz mística que los constructores del siglo XVI lograron, Mathias utilizó un vidrio de reciclaje proveniente de botellas de cerveza, que fueron fundidas y tratadas mediante un proceso especial. Mathias explica en una carta: “No hice un proyecto, un dibujo o un diseño para las ventanas, el orden de las piezas se dio por sí solo con la colocación de las formas irregulares de las piezas de vidrio que produje en la antigua fábrica de vidrio, mejor dicho, que se hicieron a partir de mis indicaciones, pues pude disponer de los hornos y del trabajo de los artesanos. Con este material, en su mayor parte color ámbar, intento moldear la luz en el interior de los enromes espacios, de modo que los muros grises de piedra adquieran una luminosidad dorada”.

El resultado fueron 134 vidrios de color ámbar para la nave principal, cuatro morados en la cúpula y cuatro rojos en la entrada. Como estructura interior se introdujeron marcos de herrería ensamblados a manera de mosaico, diseñados también por Goeritz. El resultado fue una iluminación en el espacio interior que resaltaba el dorado de los altares y una atmósfera que propiciaba el recogimiento de los creyentes y su encuentro con la divinidad. (…)

Los vitrales modernos de Mathias fueron objeto de un apasionado debate público, y en muchos casos de un abierto rechazo. “No se debe experimentar con monumentos antiguos”, publicaba Excélsior en 1963. Y el renombrado arquitecto Agustín Piña Dreinhofer lo culpó de construir “ventanas a go-gó” y de destruir la atmósfera de la catedral: “Vidrios de color, que en lo particular me parecen magníficos para un cabaret, pero que en la catedral representan una verdadera catástrofe […] sería un error muy grave permitir, en un monumento tan respetable como es la catedral de México, obras que desvirtúan y desmeritan dicho monumento.” (…)

En 1961 el conocido obispo Sergio Méndez Arceo, quien en esos años de forma muy activa impulsaba una iglesia vinculada a las luchas sociales, lo invitó a colaborar en la restauración de la catedral de Cuernavaca, una antigua iglesia franciscana, de forma singular a la catedral de México, en la que Mathias sustituyó la superficie de las ventanas por vidrios teñidos. (…) Mathias pretendió crear un ambiente luminoso que facilitara la meditación y la experiencia religiosa, pero su trabajo levantó nuevamente una fuerte ola de protestas. En su defensa, Méndez Arceo señaló que la arquitectura religiosa debía estar comprometida con las necesidades de los creyentes y no producir piezas de museo.

Además de las obras mencionadas, Mathias colaboró en la renovación de la iglesia dominica de Azcapotzalco (1961-1962) y la de Santiago Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas. En esta última, la iglesia de un antiguo convento franciscano, Mathias y el arquitecto Robina decidieron realizar una renovación purista que correspondiera al ideal ascético de esta orden religiosa. En la cúpula colocaron cuatro vitrales de un color rojo intenso y en las naves laterales once azules. Un Viacrucis con motivos geométricos completaba el concepto. A diferencia de sus vitrales anteriores, Mathias utilizó principalmente vidrio de color azul para inundar el espacio con una luz mística que evoca la dimensión sobrenatural.

Mathias estudió con detenimiento la estructura de las construcciones virreinales, en especial los efectos de la luz en los recintos. También dedicó sus reflexiones al simbolismo del color en la religiosidad mexicana. Su interés era conseguir un ambiente luminoso que contribuyera a acentuar la fuerza mística de los símbolos, y asegurar así las experiencias meditativas. Los ángulos de refracción resultantes de los marcos plomados fueron aplicados para aumentar la iluminación, lo que dio como resultado una atmósfera vibrante, casi mágica. De ahí que las opiniones sobre sus vitrales siempre estuvieran divididas. Mientras algunos los consideraban parte del ambiente de una iglesia viva a otros les parecían atmósferas teatrales.

 

Laura Ibarra socióloga e historiadora por la Universidad de Freiburg, Alemania. Ha impartido clases en la Universidad del Valle de Atemajac y en el Instituto de Filosofía de México. Actualmente es directora del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Guadalajara, donde también imparte cátedra. Entre sus libros se encuentran Paseos por el callejón de la historia y Sociología del romanticismo mexicano. Compiló el libro Cultura y sociedad durante el Segundo Imperio.

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Este texto, en su versión completa “Los vitrales de Mathias Goeritz”, se reproduce en el número 94 de la Revista Artes de México, Vitrales. Conoce la revista a través del siguiente enlace y descubre más sobre el arte de lo místico.

94. Vitrales


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