Gutierre Aceves Piña

En el curso de la historia, todo grupo humano elabora un conjunto de creencias y prácticas religiosas asociado a los momentos cruciales de la vida: nacimiento, pubertad, matrimonio y muerte. Así, desde su natalicio hasta su defunción, el individuo participará en ceremonias que tienen como finalidad acceder a situaciones sociales diferentes a la previa. Como ha visto Edmund Leach, “la mayor parte de las ceremonias rituales se ocupan de movimientos a través de los límites sociales, de un estatus social a otro, de hombre vivo a antepasado muerto, de soltera a esposa, de enfermo y contaminado a sano y limpio.” Estos que Arnold van Gennep llama “ritos de paso” no sólo establecen un cambio de estado sino que lo efectúan.

Las dos ceremonias rituales de mayor trascendencia y significado para la tradición cristiana son las que se refieren a la llegada de un nuevo ser a la comunidad, así como las de la entrada del difunto al mundo de los muertos. Ambos hechos son regulados por ritos sacramentales que tienen como objeto facilitar los tránsitos entre este mundo y el otro, como el bautismo, la extremaunción y el oficio de difuntos. Con éste se nace a la vida de la Gracia, una nueva vida más plena.

La muerte prematura de un niño acorta un ciclo de vida y pone en estrecha cercanía los extremos de principio a fin, nacimiento y muerte, lo cual determina que las exequias para infantes tengan características especiales. El jesuita Daniel Solá precisa, en su Curso práctico de liturgia, “(…)que en los funerales párvulos, es decir, en los que han muertos después de recibido el bautismo y antes del uso de la razón, o no se toquen campanas o se haga de modo festivo y no lúgubre. Además, vestido el cadáver conforme a la edad y sexo, se ponen sobre él coronas de flores o hierbas odoríferas”.

Nueva vida en la fotografía

Desde la segunda mitad del siglo pasado, una parte importante del ritual ha sido fotografiar al niño muerto. La tradición de retratarlo existía en la pintura desde el siglo XVIII. El advenimiento de la fotografía permitió a los grupos desfavorecidos conservar también la imagen de su hijo, el recuerdo tangible que lo fija en la memoria hasta el momento del reencuentro final en la otra vida. (…)

La fotografía, como parte del ritual, expresa la aspiración a la vida trascendente. Cuando la muerte ejerce los dones de la intemporalidad sobre el infante, éste se despoja de su nombre y se transfigura en “angelito”; ahora goza de la vida eterna y se convierte en portavoz de la pureza. El niño es así un modelo para los vivos y un mediador entre la familia y el ámbito de lo sagrado.

La fotografía no es sino la cristalización de este suceso, la victoria sobre la muerte reservada para los justos. El devenir truncado del niño queda fijo en esta imagen que será piadosamente conservada, como una constancia del ingreso de un niño a la vida eterna. A partir de este momento, será considero como  santo y tendrá un lugar especial dentro del culto doméstico que se rinde a la intimidad a los desaparecidos. La fe en la resurrección del infante aminora la angustia de los deudos y proporciona consuelo y esperanza. Además, la certeza de otra vida después de la muerte hace llevadera la ausencia del hijo, pues el deceso de un niño nos enfrenta con mayor crueldad a nuestra impotencia frente a ella.

El niño ha muerto, pero la vida continúa. Esto explica la creencia popular tan extendida de que si los padres derraman lágrimas por la muerte de su pequeño, éste perderá la Gloria. En este contexto debemos entender los elementos iconográficos con los que se presenta al hijo muerto. […]

Don Juan de Dios Machain satisfacía las peticiones de retratar a los “angelitos” fotografiándolos en la casa durante la velación, en el panteón o en su estudio. En estas imágenes podía aparecer únicamente el niño con los atributos que los distinguían, o bien, acompañado de uno o ambos padres, por sus padrinos, sus hermanos, incluso por un grupo más nutrido. Aunque el trabajo fotográfico de Machain no se circunscribió a un solo grupo social, pues su labor retratística en general cubrió todas las capas sociales de la Ameca de principios de siglo, la vestimenta de los retratados indica que la costumbre de fotografiarse junto al niño yacente fue adoptada por los grupos sociales menos favorecidos económicamente o de extracción rural.

No obstante la calidad de los retratos fotográficos de Machain, no existen alardes técnicos en el manejo de la luz, ni una gran variedad del ángulo en las tomas. El acento lo encontramos más bien en el aplomo y solemnidad con que los acompañantes del niño ven hacia el objetivo de la cámara o en la ternura con la que miran al pequeño, enfatizando de esta manera el lazo efectivo que los une. Así se establece un juego de miradas que delata el phatos de estos hombres ante la separación de un ser querido. Estos retratos se constituyen en verdaderas imágenes escatológicas pues su motivación principal no es individualizar a los retratados sino captarlos en un gesto que retiene la tesitura ante la muerte como un acto que renueva la vida.

Imágenes de la inocencia

En México, a partir del siglo XVII, hubo una gran profusión de pinturas que representan el ciclo de la muerte y glorificación de la Virgen, o diversas escenas de su vida. Estas imágenes, sobre todo las referidas a su tránsito, llamado también Dormición (sueño de la muerte), son un posible modelo preexistente en el que se basarán las futuras fotografías que registran la muerte de un “angelito”. (…)

Una constante que se advierte en sus pinturas sobre este tema es la tranquilidad con que la Virgen recibe su muerte. Consciente de ella por el aviso del ángel, María manifiesta entonces su deseo de hacer que la acompañen en su última hora por los apóstoles y dispone sus funerales. (…)

Por su carácter ejemplar o excepcional, la muerte de santos y mártires participa también de los símbolos de la palma y la corona, como un indicativo de su triunfo sobre la muerte. El deceso de San José es uno de los más persuasivos, pues en su Tránsito le acompañan la Virgen y su Hijo, mientras Dios Padre y el Espíritu Santo lo reciben en la Gloria. Buen ejemplo de esto son las pinturas de Francisco Gerónimo Zendejas o de José de Ibarra. (…)

La representación de los niños ya fallecidos no escapa a esta concepción de manifestar la dignidad aun en la hora de la muerte. Es la pintura dieciochesca la que da la iconografía funeraria del siglo XIX dos maneras de retratar a los niños muertos. Un modelo lo establece el Retrato de la niña María Josepha de Aldaco, pintado por fray Miguel de Herrera (siglo XVIII) en 1746, allí aparece la niña elegantemente vestida, de pie y con los ojos abiertos, como si estuviera viva. La escenografía que la rodea denota su condición aristocrática; sólo sabemos que es un retrato postmortem por la leyenda que nos informa de su deceso, y por la rosa que delicadamente lleva en su mano. Este indicativo floral y el texto serán dos constantes en los retratos del siglo XIX que atiendan a este tipo de representación.(…)

En la pintura del siglo XIX las diversas modalidades iconográficas para presentar la muerte de niños van desde las que responden a los modelos descritos, hasta variantes que introducen diversos elementos significativos ofreciendo una variedad de giros en la actitud ante la muerte.

Los retratos de Micaela de los Angeles Villaseñor, de cuatro años, Martiniano López, de un año, así como el de Alfonso Camarena Gómes [sic], responden al primer modelo descrito. En ellos el hecho de la muerte no es tangible para el espectador, pues se representa a los niños de pie y no muertos, con una o varias flores en la mano, para darnos con su actitud una ilusión de presencia viva. Nuevamente, sólo la leyenda y la flor son indicadores de que los modelos han fallecido. En este tipo de imágenes es frecuente la falta de coherencia entre la edad real del niño y aquélla con que se representan, pues parecen siempre mayores. El niño Martiniano, por ejemplo, murió al año de edad y en el cuadro aparece como de cinco o seis. Los presuntos vivos en realidad están muertos, y la serenidad con que aparecen en la pintura está más allá de este mundo.

Tradición y nuevas visiones

El tema de la muerte infantil persiste hasta nuestros días en el interés de algunos pintores contemporáneos. Cada uno atiende esta tradición con su propia mirada y lenguaje plástico. Entre los ejemplos localizados, el de Gonzálo Ceja es el más apegado al dominio de lo religioso: concibe su imagen como una naturaleza muerta en que yuxtapone al niño tendido y su asunción hacia la existencia definitiva que adquiere con la muerte. Así mismo, Esteban Azamar parte de la configuración tradicional de las fotografías que hemos llamado “escatológicas” y transcribe ese lenguaje al dibujo.

El niño florido, de Lucía Maya, es un infante que ostenta en su desnudez la inocencia de estos seres en los que aún se ha insinuado el mal, que aún no han sido contaminados por la experiencia de vida, cuerpos putos de los que germina la vida intemporal. Para José Fors, el tema del “angelito” es afín a sus predilecciones necrofílicas. En Prohibido llorar el niño parece más estar tendido sobre la plancha de la morgue y no sobre un ataúd. Finas heridas en su rostro anuncian la desintegración fisiológica, ante el hecho devastador de la muerte.

Gutierre Aceves Piña. Historiador de arte, estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México y en el Departamento de Arte de la Universidad Iberoamericana. Durante ocho años fue profesor de teoría e historia del arte en la Academia de San Carlos. Ha sido curador de exposiciones en varios museos. Entre sus publicaciones está el libro Tránsito de angelitos, vinculado a la exposición sobre el mismo tema de funeraria infantil que él preparó para el Museo de San Carlos en 1988, de donde se extrajo el texto de este artículo.

 

Todas las fotografías: Juan de Dios Machain. Fines del siglo XIX y principios del siglo XX, colección particular.

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Este texto, en su versión completa “Imágenes de la inocencia eterna”, se reproduce en el número 15 de la Revista Artes de México, El arte ritual de la muerte niña. Conoce la revista a través del siguiente enlace y descubre más sobre estos ángeles retratados.

 

 


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