David Huerta

No hay dioses aún entre este cielo pedregoso y este suelo frágil: sólo un cuerpo humano, solitario y acechante. Hay venas, médulas, huesos, manos, pies, torso, genitales, vello. No hay vestiduras ni aperos de alabanza, ni armas, ni altares. No hay ritos ni ceremonias, y los cuerpos semejantes a éste son simplemente abandonados, cuando dejan de palpitar, sobre la superficie inclemente.

No es posible decir siquiera, todavía, lo que milenios más tarde se dirá de las siete sustancias del hombre original, del Adán Kadmón, el hombre originario hecho de arcilla roja: “En primer lugar, la carne, de tierra; en segundo, la sangre, de rocío; en tercero, los ojos, del sol; en cuarto, los huesos, de piedra; en quinto, la inteligencia, de la presteza de los ángeles y de nube; en sexto, las venas y el cabello, de la yerba de la tierra, en séptimo, el alma, de mi aliento [el de Dios] y de viento” (Libro de los secretos de Enoch)

Escultura masculina sedente. Cultura de Occidente. Tequililla, Nayarit. Museo Regional de Nayarit. Fotografía: ©D.R. Tachi / Artes de México.

En medio de la bruma del tiempo, empero, esa figura se aclara penosamente, no del todo indiferenciada de las ásperas rocas del paisaje y de los matorrales que la rodean, amenazantes: figura de un cuerpo humano; un cuerpo desnudo, inerme, expuesto a los aguijones y las mutaciones de la intemperie.

No importa si es un cuerpo de hombre o de mujer; si es infantil, joven, maduro o viejo; lo que importa es que está vivo. La simetría bilateral que determina sus estructuras íntimas y externas está apenas matizada por la actividad del corazón, situado a la izquierda, y por las otras vísceras, invisibles y bullentes. (…)

Torso femenino. Cultura de la Costa del Golfo. Veracruz. Museo Regional de Antropología de Yucatán, “Palacio Cantón”. Fotografía: ©D.R. Tachi / Artes de México.

Tampoco importa si esta escena sencilla —este estar parado estático— sucede de día o de noche. Acaso importe, en cambio, que la firmeza del suelo se oponga ferozmente a la inmensidad etérea e intangible de la bóveda celeste, oscura o resplandeciente. Pues el cuerpo es sensible a la luz y a la oscuridad. En la sombra se esconde, ominoso, un amasijo de violencia que toma la forma fluida de un gato apenas entrevisto —un demonio terrible—, cuya majestad no ha sido aún codificada. En el resplandor diurno se dibujan los caminos y los territorios.  (…)

Personaje masculino. Cultura de Occidente. Jalisco. Museo Regional de Guadalajara. Fotografía: ©D.R. Tachi / Artes de México.

No hay fechas ni horas para ese cuerpo abrumado de tiempo, pero sí un palpitar que lo distingue de las piedras y del atormentado polvo que pisa: tal es su única duración. El cuerpo dura y resiste, cambia por micras y segundos; es devenir y presencia.

Lejos, en horizontes difíciles de adivinar, imposibles de sospechar —en un porvenir que se opone al apretado estatismo de este devenir, se levantan las ciudades y los campos labrados, se encienden las guerras y las migraciones, sueñan las mitologías y las magias, refulgen las joyas y los metales arrancados de los estómagos volcánicos del planeta.

Una espera enorme, inabarcable, intensa y minuciosa, ruda y salvaje, es todo lo que hay encerrado, ahora, en este cuerpo izado entre el cielo y el suelo.

Jugadores de pelota. Cultura de Occidente. El Opeño, Michoacán. Museo Nacional de Antropología. Fotografía: ©D.R. Tachi / Artes de México.

 

David Huerta es poeta y periodista. Ha publicado, entre los títulos, Cuadernos de noviembre, El azul en la flama, Hacia la superficie y La olla. Es también autor de ensayos y antologías. Desde 1993 forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha sido becario del Centro Mexicano de Escritores y de la Fundación Guggenheim.

 

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Este texto, en su versión completa, se reproduce en el número 69 de la Revista Artes de México, Elogio del cuerpo mesoamericano. Adquiérala a través del siguiente enlace.

69. Elogio del cuerpo mesoamericano


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