Juan Carlos Reyes Garza

Corriendo el año de 1600, el 12 de abril, justo en plena temporada de hacer sal, la que abarca de la “Pascua de Resurrección a la de Espíritu Santo”, el virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, otorgó merced a la villa de Colima concediéndole los derechos sobre asientos de pesquería en la laguna de Cuyutlán. El señor virrey no supo que con esa acción fundamentaba el litigio sobre derechos que, iniciado un siglo más tarde, en 1734, habría de ser el más largo de la historia local; tan largo fue, que se debió esperar hasta la Revolución de 1910 para alcanzar su resolución final.

Montaña de sal con pozo salinero al fondo. Fotografía: Jorge Vértiz / Artes de México.

Con 35 kilómetros de largo y no más de tres en su parte más ancha, profundidad promedio menor a la estatura del hombre, separada del Océano Pacífico por una estrecha franja de arena, la laguna de Cuyutlán fue siempre descrita como un sitio abominable, sofocante, peligroso. En sus aguas, decían, reinaba el caimán, o mejor dicho, millares de caimanes, y en sus riberas, oscurecidas por tupidos bosques de cayaco, se enseñoreaba el tigre. Allí, en la temporada de lluvias pululaban los mosquitos por millones, y en las secas, a sus aguas pestilentes se atribuía el origen de las temidas fiebres tercianas. No obstante tantos horrores, la laguna, por sus orillas al menos, era un sitio, codiciado pues poseía algo que desataba la ambición de los colonos de Colima: salitrales, la fuente de oro blanco. (…)

Los codiciados salitrales

Ante el surgimiento de este nuevo y demandante mercado de la sal, los colonos españoles se aprestaron a buscar medios para satisfacerlo. No pudiendo incrementar el tributo de los indios, comenzaron a acaparar su producción, y a codiciar los antes despreciados terrenos salitrales. Para los primeros años del siglo XVII, la mayor parte de ellos ya había cambiado de manos, o se encontraba en disputa entre indios y españoles; e incluso entre uno y otros pueblos de indios, que poseían las salinas en forma comunal. (…)

Rastra triangular, que entre los salineros de Cuyutlán recibe el nombre de gata. Sirve para rascar el panino o costra delgada de la tierra salitrosa. Fotografía: Jorge Vértiz / Artes de México.

Antes de mediar el siglo, los pueblos de Tepetitango habían sido puestos en “cabeza del rey”.  Es muy probable que el pueblo de Cuyutlán haya sido sujeto de congregación, como muchos otros, durante la segunda mitad del siglo XVI, a consecuencia de su despoblamiento; y no sabemos cuándo dejó de ser corregimiento, pero sí que en algún momento posterior a 1554, sus estancias y salitrales fueron adquiridos, posiblemente por la vía de “composición de tierras”, a un puñado de colonos, entre los que se encontraban Agustín de Alcalá y Gregorio Fernández de Tene.

Poseedores de los salitrales de mayor calidad y sabedores del recién adquirido valor de la sal, los nuevos propietarios se dieron a la tarea de labrar decenas de pozos, que después sumarían cientos. Hacia finales del siglo XVI o principios del XVII, Alcalá vendió su parte al capitán Rodrigo Brizuela, “en precio de 250 pesos”. […] De esta manera don Rodrigo resultó poseedor y administrador de la mayor y mejor parte del pastel de sal.

Tierra salitrosa después de haber sido rascada. Fotografía: Jorge Vértiz / Artes de México.

Los Brizuela

Don Bartolomé de Brizuela, quien ostentaba el cargo de alférez mayor de la villa de Colima, llegó a ser uno de los hombres más ricos de la provincia. Contaba entre sus muchos bienes las haciendas de Cuyutlán, Coatán, Los limones, Montitlán y la estancia de la Armería; dicho literalmente, podía caminarse del volcán a la mar sin salir de sus tierras. Para apreciar el conjunto, valga saber que tan sólo las salinas de Cuyutlán, compuestas de “dos sitios de salitral –en su ribera continental– en los que se pueden poner más de cuatrocientos pozos de sal, y sitio y un cuarto en La Isla –como se conocía entonces a la franja arenosa que separa la laguna del océano– en el que se pueden beneficiar hasta cuatrocientos pozos”. (…)

La creciente fortuna de don Bartolomé debió despertar envidias entre los vecinos, de modo que uno de ellos encontró la manera de obligarlo a repartir el pastel de Cuyutlán: la merced que, en 1600, otorgara a la villa de Colima el virrey Gaspar de Zúñiga y Acevedo.

Los salineros de Cuyutlán inician su jornada de trabajo una vez que el sol se ha puesto. Fotografía: Jorge Vértiz / Artes de México.

Colima vs. Bartolomé de Brizuela

Blandiendo la antigua merced como argumento, en 1734 el Cabildo de Colima entabló juicio contra Brizuela por los derechos de explotación de “las salitreras y pozos de sal” de la laguna de Cuyutlán. Don Bartolomé se defendió recordándoles que aquella merced sólo otorgaba derechos sobre “Los asientos de pesquería”, mas no sobre la tierra y sus productos. Surgió así un curioso dilema: la laguna es el agua y lo que en ella está, los peces, pero, ¿acaso es también la “caja” que contiene el agua, y por ende los productos de su tierra? La pregunta era pertinente, pues la sal no se obtenía directamente del agua de la laguna sino –como hasta la fecha– de las tierras que en su ribera quedan descubiertas durante las secas. (…)

Don Bartolomé de Brizuela falleció en 1764, dejando a sus herederos tantas valiosas propiedades como crecidas deudas, además del litigio en curso. Ante la demora en los pagos, los acreedores de la ciudad de México solicitaron al Real Tribunal del Consulado la incautación de sus haciendas en Colima. […] Pasaron varios años antes de que la hacienda y las salinas de Cuyutlán, valuadas en 70 000 pesos, se remataran; pero al principio no hubo postor capaz de compararlas, sólo de arrendarlas en 500 pesos anuales. Fue hasta 1779 cuando el Consulado encontró cliente a propósito, y éste fue ni más ni menos que el conde de Regla, don Pedro Romero de Terreos, uno de los hombres más acaudalados de la Nueva España. (…)

Tapeixtle emparrillado de varas que sirve para filtrar, con ayuda de agua, la sal contenida en la tierra salitrosa o panino. Fotografía: Jorge Vértiz / Artes de México.

Ante los tamaños del nuevo dueño de Cuyutlán, no quedó otro remedio al señor alcalde mayor de Colima, don Bernabé de Riaza y Velasco, que acatar la orden y darle solemne posesión de las salinas. Fue testigo presencial el albacea testamentario de don Bartolomé, su hijo Atanasio Brizuela, el 16 de enero de 1781. A los pocos meses don Pedro Romero de Terreros fallecería, quedando como propietaria su esposa, doña María Ignacia. (…)

[…] el litigio continúo, ahora, entre el Cabildo de Colima y los herederos del conde de Regla. Mientras tanto, los herederos de don Bartolomé aguardaban con la esperanza de recibir “cualquier cantidad de reales” que, como producto del remate, pudieran pertenecerles. En 1789 todavía seguían aguardando. (…)

En 1856 Colima se erigió en estado… y el Ayuntamiento de la capital, no obstante el arrendamiento pactado, reinició el litigio. Una década más tarde sobrevino el episodio del Segundo Imperio, y aprovechando el desconcierto que causaba la existencia de dos gobiernos, el imperial y el republicano, en 1866 el alcalde de Colima solicitó a las autoridades imperiales que resolvieran en definitiva, reconociendo los derechos del Ayuntamiento de Colima sobre la propiedad en disputa. (…)

Bodegas de sal en Cuyutlán. Fotografía: Jorge Vértiz / Artes de México.

[…] Francisco Santa Cruz Ramirez, quien habría de enfrentar el ventarrón que en Colima levantara el general Juan José Ríos, antiporfirista y anticlerical recalcitrante, militar de inflamado espíritu revolucionario, que reivindicó los añejos reclamos del Cabildo decretando, en 1917, la expropiación de la hacienda de Cuyutlán y, una vez más, su entrega al Ayuntamiento de Colima. Santa Cruz protestó y el decreto fue revocado por instrucciones de la Secretaria de Gobernación. (…)

Finalmente, reconociendo el derecho de los trabajadores salineros, en 1925 el Gobierno Federal otorgó a la Sociedad Cooperativa de Salineros de Colima la primera concesión para explotar las salinas de Cuyutlán; concesión que fue renovada y hecha definitiva en mayo de 1928, lo que hace de ésta una de las cooperativas de producción de más larga historia en México.

Juan Carlos Reyes Garza Realizó la maestría en historia en la Universidad de Colima, donde despeñó como investigador. Entre sus publicaciones destacan: La sal en México, Ticus. Diccionario de colimotismos, “La antigua provincia de Colima: siglos XVI al XVIII”, además de numerosos artículos en revistas especializadas.

 

Este texto, en su versión completa “El oro blanco de Cuyutlán”, se reproduce en el número 57 de la Revista Artes de México, Colima. Conoce la revista a través del siguiente enlace y descubre más sobre la historia de este tesoro de sal.

57. Colima

 

 

 

 

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